"Quisiera saber llorar como un niño para sentirme mejor hombre"
"Vivo para creer; creo para vivir"

sábado, 21 de marzo de 2020

Qué difícil




Qué difícil se me hace asistir a misa sin iglesia;
Qué difícil se me hace dar la paz sin estrechar manos;
Qué difícil se me hace buscar al hermano y no verlo;
Qué difícil se me hace recibir a Dios sin pan;
Qué difícil se me hace volver a casa sin salir de ella;
Qué difícil tantas y tantas cosas…

¡Cuánta dificultad y cuanto bien sin merecerlo!

Pensarán que estoy loco, pero así lo siento. Estamos viviendo días de encierro involuntario; días de miedo en las miradas; días de sospechas infundadas o de certezas confirmadas. Todo eso y mucho más pondríamos en la balanza de lo que no queríamos que sucediera y sucedió.

Son siete días de confinamiento los que llevamos, pero muchos años sin mirar a Dios; sin contemplar su obra; sin cuidar nuestro mundo ni preparando el que deberíamos dejar a los que vienen detrás; pateando la naturaleza con la vista puesta sólo en el vil dinero y la vil codicia; maltratando al prójimo como a ti mismo; perdonando sin perdonar; mirando sin escuchar y escuchando sin mirar; orando sin devoción y siendo devotos de nuestros orgullos y apariencias; golpeándonos el pecho y sólo sentir su dolor cuando un maldito virus lo ataca; siendo infieles incluso a nosotros mismos de pensamiento, palabras y omisiones; pidiendo paz y haciendo guerras; en definitiva, siendo Adán con su Eva y un paraíso que dejamos escapar nuevamente innumerables generaciones después.

¿Y quién viene al rescate? El Mismo de Siempre.

Un Señor que a pesar de los pesares, nos sigue diciendo “Te quiero”; que nos quiere como somos y nos perdona incluso lo imperdonable. Ni clavos en las manos y en los pies hicieron mella en Su amor hacia nosotros. Y hoy, ahora, estos días, seguimos usando martillos y coronas de espinas para matar el mundo que nos dio, la vida que nos regaló y el don preciado del Amor por el Amor.

Estamos viendo multitud de escenas de sufrimiento; de agotamientos físicos y mentales; de enfados por ese material que no llegó o ese o aquel político que no debió llegar. De reproches sin mirar atrás pensando en lo que se dijo y ahora pretendemos que se olvide. De ataúdes esperando; de despedidas sin serlo y de familias rotas en un aislamiento forzoso sin besos de despedida a ese ser que marchó en soledad.

Pero yo quiero ver la otra cara de la moneda y sentir o buscar el bien que en el mal se encuentra. Y lo estoy viendo, lo estoy sintiendo y aunque me tachen de loco, lo estoy agradeciendo.

Porque en este encierro me siento acompañado; de los míos, de los que a kilómetros de mí están tan lejos como a mi lado; de los hermanos que sin sangre de por medio, me demuestran serlo; de la mirada de un viejecillo y su barra de pan bajo el brazo buscando el refugio del hogar; del barrendero que me suplica un “buenos días” y me encuentra; de metro y medio de solidaridad en una cola buscando el alimento; de aplausos en terrazas, himnos sin esconderse y esfuerzos de sonrisas cansadas. Y sobre todo, me siento acompañado por la mejor compañía que uno pudiera tener:

D I O S  
  
Sí, ese mismo Dios, Jesús, Cristo, Señor o como le queramos llamar; Ese mismo al que se culpará de males y plagas y al que ni en éstas muchos verán Sus Obras.
Ese Dios que me llama a misa sin toque de campanas y teniendo como banco la comodidad de un sofá; Aquel que me tiende la mano para dejar en ella un rosario de plástico perdido entre tanto guante de latex color azul; el que me hace pensar, valorar, añorar lo que durante mucho tiempo di por hecho o habitual; el que me une al vecino de enfrente, arriba o abajo; el que me incita a beber en la fuente de la solidaridad entre las gentes más que en la blanca espuma de la rubia cerveza; el que abre sus brazos para abrazarme sin miedo a mis contagios; el que me grita “Confía” y a la vez me recluye en la oración; el que provoca que mis ojos se nublen de esperanza y mi corazón de ritmos bondadosos; el que me hace pensar siempre que somos un número y Uno más… En definitiva, el que un día dio la vida por todos y que aún hoy la sigue dando en un mundo que necesita romperse para volver a encajar.
Hoy mis letras, mis pensamientos, mis oraciones apuntarán a esa hermosa madre Tierra que me cobija y sé ciertamente que está en los brazos del Único que la puede sanar, cuidar y acompañar.
¡Qué difícil imaginar que todo esto no tenga un sentido que nos lleve a todos por fin a retomar un camino que nunca debimos abandonar!
  


miércoles, 19 de febrero de 2020

Entre perdones




Un examen de conciencia; una espera de perdón; un encuentro en desencuentro. Ese sería el resumen de una confesión obligada por un estado de Gracia justo y necesario para quien iba a acompañar mano en hombro a un apadrinado camino de su Confirmación.
El destino se busca, aunque en algunas ocasiones es él mismo el que te encuentra.
Minutos de larga espera con el único propósito de encontrarme no con el sacerdote de cara conocida sino con aquel otro que no supiera más de mí que yo de él. Vano esfuerzo e inútil transcurrir de un tiempo que no fue aliado mío.
¿Qué hacer entonces? ¿En quién depositar lo malsano y escondido de mi alma si mirar con desconfianza era lo penúltimo que mi mente cavilaba? La respuesta, llegó pronto; no había otra hoja para dar la vuelta que aquella que me enfrentara con la cara opuesta a lo que en ese instante deseaba.
Era hora de despejar miedos, dudas y reproches e intentar abrir corazón sin medida y sin sopesar consecuencias.
No elegí yo; me empujó Él. Reclinado en madera antigua, abrí de par en par pensamientos, sensaciones, conjeturas y perdones.
Destapé el tarro de los recuerdos; de tiempos mejores vistos por ojos asombrados en un pasado no lejano que en presente tornaron a tristes por cargas de incomprensión.
Vacié el cargador de lo pensado y esperé respuesta. Y la tuve, vaya si la tuve. Porque además de unas palabras, recibí silencios que me hablaron mucho más que mil discursos.
Vi ojos de lágrimas a punto de saltar al vacío para encontrarse con las mías que ya no permitían ser retenidas por más tiempo. Dos hombres frente a frente jugando a un juego tan antiguo como inusual llamado sinceridad.
Porque fue sincera, tremenda y espiritualmente hermosa la confesión de dos que hablaron, se miraron y se pidieron mutuo perdón.
Y hubo un momento tan largo quizás como el de un parpadeo, en el que pude presentir que allí entre aquellos dos hombres mirándonos estaba Dios. Estaba Jesús sonriendo y gritándonos en silencio:

“No era fácil y los dos lo habéis conseguido; pedir perdón y perdonarse”

No recuerdo una confesión igual. Puede que no vuelva a sentir que en una confesión de dos, cuente tres. Quizás nuestros caminos no se vuelvan a encontrar aunque caminen paralelos, pero por un momento ese Señor, ese Dios que siempre digo que me quiere, me arropó y me guio hacia un perdón entre perdones.

domingo, 16 de febrero de 2020

Misión cumplida




A falta sólo de nueve días para cumplirse exactamente dos años, mi misión encomendada finalizó ayer con una ceremonia hermosa para toda persona de corazón sincero.
Fue un reto atrayente, expectante y en cierto modo, interrogante para mí.
Nunca antes se me pidió fuera guía de ningún grupo que no vistiera con colores de ejército. Mucho menos aún, que mi misión consistiera en marcar los tiempos de marcha de unos adultos hacia un encuentro con el Espíritu Santo que aún no habían recibido.
Acepté de buen grado el encargo y hoy, dos años después, si el tiempo retrocediera, volvería a hacerlo.
Dejamos atrás muchas mañanas de encuentro sabatino a la hora del Ángelus. Siete reunidos alrededor de una mesa. Seis adultos y Él, siempre Él.
Recuerdo con especial cariño esa primera reunión. Cinco caras llenas de símbolos de interrogación que no se conocían apenas y casi no se atrevían a dibujar sonrisas y hablándoles, un tipo como yo, lleno de dudas y con pocas ideas realmente claras de lo que había que decir, hacer o proponer.
Pero la respuesta no tardó en llegar; respiré hondo y mi pensamiento fue mucho más allá de una habitación con personas y busqué cielos.
Me encomendé al de Siempre y sólo tuve que pensar: “pues sea lo que Dios quiera”.
Dios quiso, vaya que si quiso. Esa persona que lleva mi nombre y es idéntica a mí, comenzó a hablar con calma, sin esforzarse a la hora de pensar qué decir y las palabras fluyeron con orden e incluso concierto.
Mil ideas, mil propuestas se agolpaban en mi cabeza, pero sólo un objetivo. Que al menos cuando acabáramos este camino que iniciábamos juntos, hubiera tocado el Señor con mayor o menor intensidad sus corazones para cambiar o dar plenitud en cierto modo la vida con fe o sin ella que hasta entonces llevaban.
Se dice por ahí que dos no riñen si uno no quiere. También se podría decir que seis son hermanos si sus apellidos son “buena voluntad”.
Y hoy, casi dos años después, me atrevo a decir que todos podemos llevar con orgullo esos apellidos y autoproclamarnos hermanos en la fe.
Atrás quedan días de preguntas y preguntarse; de risas y algunas lágrimas furtivas; de ojos de asombro y otros de bondad. De días de frío y calefactor ruidoso; de oídos que escuchan más que oyen. En definitiva, de buenas gentes que sin proponérselo, se buscaron y se encontraron.
No seremos los mejores, ni los más cristianos. Ni tan siquiera los que más han estudiado Escrituras Sagradas o libros de santos más allá de una estampita. Pero hemos conocido realidades; hemos entreabierto las puertas de una iglesia que siempre nos han parecido herméticas; nos han arañado el corazón testimonios de gentes vestidas de enfermedad que son ejemplos cercanos del amor que encuentran en Dios hasta en los peores momentos.
Hemos rezado sin la vergüenza de antaño; hemos pedido siempre incluso “por mí y por todos mis compañeros”. En definitiva, quiero pensar que aquellos que un 24 de febrero de 2018 éramos unos perfectos pecadores, hoy casi dos años después, lo somos un poquito menos.
La de ayer fue una ceremonia entrañable para algunos y ciertamente hermosa para mí. Ver mi grupo encaminarse hacia un altar en el que les esperaba el propio Espíritu Santo vestido de Sr. Obispo, me llenó no ya de orgullo, que también, sino de esperanza. Esperanza para que esto no acabe en una ceremonia de iglesia a rebosar y mil fotos hechas y para que este sea el comienzo de una hermandad de verdaderos hermanos en la fe que se alegren de reencontrarse cualquier día, a cualquier hora, en cualquier lugar.
Doy gracias al Colega con C mayúscula por las personas encomendadas, por lo vivido y por lo realizado y como siempre, brindo yéndome de cañas con Dios.

Que el Espíritu Santo nos bendiga a todos nosotros y nuestras familias.


*Debo dar las gracias desde aquí a todas las personas que han hecho con su ayuda y predisposición que esta misión haya sido mucho más fácil de lo que jamás hubiera imaginado. A mis "niños de Catequesis ( Ana, Jesús, Lucía, Paco y Tamara).
A los sacerdotes, diáconos y personal encargado de la iglesia, por su colaboración en todo aquello que les propuse. A mis compañeros catequistas (especialmente a Pedro con quien más relación he tenido compartiendo cervezas y pensamientos y a su grupo de Confirmación por hermanarse con nosotros y demostrar que además de ser familia, lo demuestran.
Muy especialmente agradecido a las personas que desde la enfermedad nos otorgaron ejemplares testimonios de superación teniendo la mano del Señor como mejor apoyo en la adversidad (a Patricia, Laura, Ricardo y ahora también a Ana, con mi mayor cariño y reconocimiento).
Y dejo para el final, un último pensamiento. Es la hora de embarcarme en esa otra catequesis de puertas hacia adentro en la que me espera mi gente; esa gente sin cuyo aliento, no hubiera sido posible llevar a buen puerto esta historia. A mi mujer (esa pochita a la que tengo que cuidar y confieso que descuido, con la promesa de un esfuerzo) y a mis hijas, la de allá y la de acá, a las que pienso seguir arropando sin distancias o años cumplidos.

A todos, desde la patata, G R A C I A S




domingo, 19 de enero de 2020

Desplegando



Pasaron las dos velas que faltaban. Volvió a nacer el Niño y por desgracia, ese otro niño que suele brincar en mi interior más conocido, esta vez, no lo hizo como siempre llegadas estas fechas. Se mantuvo pertrechado a la espera de mejores tiempos libres de virus familiares, ausencias primerizas y encuentros que no fueron tales por inexistentes.
Unas navidades que me acercaron a un final anunciado de antemano.
Unas navidades en cierto modo con el cambio de marchas en modo automático. Anclado en un transcurrir de días tachados en un calendario sin números que remarcar para el recuerdo, más allá de alguna sorpresa casi prevista.
Espiritualmente, navegando en aguas tranquilas alejado de puertos habituales; humanamente, navegando en aguas casi tan tranquilas que pudieran parecer estancadas.
Resultado, ninguna de esas aguas son mis favoritas. Prefiero la navegación a ratos de aguas turbulentas, de olas encrestadas sin crispación y de corazones y almas alerta en devenires con acción.
La rutina, la quietud y las perspectivas enterradas, nunca fueron buen timón para quien desee la bravura del buen marino de espíritu.
Pero de todo lo negativo, siempre se puede extraer aquello que no lo es tanto. Y en ese aspecto, despejé dudas. Las cartas marcadas o no, dieron su vuelta en la mesa y descubrieron faroles y jugadas arriesgadas. Sé perfectamente con quien quiero jugar a ser mejor y de qué me debo alejar si no quiero ser peor.
El modo pausa al que me refería no hace tanto, debe ser pulsado para jugar nuevamente al play de la vida que Dios quiera que viva y que parece indicarme claramente que debe encarar proas a otros rumbos.
Así que a roscón, chocolates y  papeles de regalo pasados, desplego velas que sin ceras, son sinceras.

lunes, 9 de diciembre de 2019

A dos velas




A dos velas de una nueva Navidad; a dos velas que aguardan expectantes a ser encendidas para completar las cuatro de un Adviento. Sólo dos para engalanar mentes, cuerpos y espero que almas.
Se pasa el tiempo más deprisa de lo que pensamos; dos meses casi sin asomarme a este rincón para volcar pensamientos, palabras y alguna que otra omisión en ciernes. Dos meses de silencio, dos meses en cierto modo, de desierto.
De silencios y desiertos, también se aprende; se aprende a conjugar pasados con futuros imperfectos; a recordar aquello que pareciera ser y no fue; a balancear lo positivo y lo que no es tanto. ¿Y qué quedó entre las manos? Posos.
Posos de incomprensión, de tristeza disfrazada de sonrisa, de miradas sin mirarse, de almas centradas en limbos lejanos sin reconfortar cercanos. Esos posos van quedando de un discernimiento que no acaba de abrir sus puertas ni soltar fumatas blancas.
Si esas puertas no se abren, siempre permaneceremos en un lado que no por conocido será el mejor. Discernir no debiera ser conjeturar, porque ello podría llevarnos a una mala conclusión.
El arranque momentáneo, la ira disparada a ráfaga, el razonamiento sin razonar, no ayudan a discernir aunque la lógica sea aplastante. Pero enfrentemos la lógica a lo que no vemos, respiremos hondo y hablemos con Quien realmente debemos hablar.
Quizás el resultado sea similar a lo acordado con uno mismo, pero la diferencia estribará en el Notario que levante acta.
Así que a falta de dos velas, dejaré a Sus pies interrogantes esperando respuestas, aunque la firma acabe rubricándola yo.
Mientras tanto, dejemos en pausa esa película de ratones persiguiendo gatos en un mundo al revés que ni busco, ni quiero, ni comparto.
A dos velas de Navidad, a dos velas…


jueves, 19 de septiembre de 2019

De tú a Tú


Cuando se conversa, se alcanzan conclusiones; cuando se buscan explicaciones o consejos, tarde o temprano se acaban encontrando.
Tenía que suceder donde siempre; en ese garaje reformado donde Dios está presente con forma de redondeado pan. Él y yo sin más testigos que el silencio de la noche.
Sin premeditación; con el convencimiento de que sería una noche sin más trascendencia espiritual que la que cabe en dos horas de vigilia, acudí allí como siempre.
Pero claro, no contaba con el factor sorpresa de Quien realmente elige el momento de tocar la fibra sensible de aquel que últimamente más que en fibra se protegía en un caparazón de duro material.
Sin preguntar, comencé a preguntarme:
¿Por qué debo renunciar a mi modus operandi a la hora de practicar mi fe?
¿Por qué debo alejarme más que huir de lo que me provoca inquietud espiritual?
¿Por qué, si esto fuera una película, dejar que ganen los “malos”?
Si tengo la habilidad de poder abstraerme a voluntad de insanos pensamientos, escabullirme de personas con carga negativa hacia mí y enfocar sólo lo que realmente me importa en un momento, ¿por qué debo alejarme de la casa en la que mi alma ha reposado y disfrutado como en ninguna otra?
¿Por qué debo fustigarme buscando nuevamente lo que ya tenía, por culpa de ajenos?
¿Por qué dejar de ser un “revolucionario” contrario a la quietud de una rutina?
¿Por qué no continuar luchando contra corriente entre tanta iniquidad?
¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué…?
Demasiadas preguntas para las que ya tengo respuesta.
Es la hora del regreso al futuro. Es la hora de volver a cruzar la gran puerta de siempre, pero a sabiendas de que quien la cruza es otro espiritualmente diferente al yo de hace algún tiempo. Ni mejor, ni peor; sólo diferente.
Un tipo más experimentado al que su fe y el Espíritu Santo le siguen protegiendo de elementos contrarios a lo que busca.
Un tipo que mirará al frente y verá oficiantes donde antes quizás veía o quería ver sobre todo, buenos samaritanos.
Un tipo que seguirá correspondiendo al saludo, la sonrisa sincera y la paz del amigo del mismo banco que siempre me busca la mirada.
Un tipo que escuchará la Palabra, sin importarle quien la pronuncie porque pensará, sabrá o estará obligado a pensar que es el mismísimo Señor el que allí nos habla.
Quizás ese tipo a ojos vista de quien realmente no le conozca, haya dejado en cierto modo de ser el de antaño, pero que nadie se equivoque, porque por dentro sigue jugando como un niño a ser mayor, solo que esta vez, sabe perfectamente con quien jugar y con quien, no.
Podría pensarse que no es una postura demasiado cristiana o acorde con lo que se promulga; pero por otro lado, no jugaré más en la ruleta de la hipocresía con tintes de una presunta santidad. Eso se acabó.
Es el momento de mirar a lo más cercano, a lo mío, a los míos entendiendo por ello a las personas que con sus actos me demostraron y me siguen demostrando que están ahí independientemente de dónde y cómo se encuentren o me encuentre yo.
El resto, sin ser malo, será secundario.
Con seguridad los miércoles dejarán de ser especiales como eran. Me cerraré definitivamente la puerta de una reunión con visos de decaimiento para quizás retomar y volver a abrir cualquier día aquella otra en la que siempre fueron escuchadas mis plegarias y un rosario a ras de suelo.
La costumbre de una misa de once los domingos se convertirá en otra distinta quizás un sábado por la tarde en cualquier templo. No me importa, porque por encima de todo, debo respetar y apoyar los pensamientos de mi compañera de siempre con la que comulgo plenamente en éste como en tantos asuntos y a la que no le faltará la compañía y el apoyo que no supieron o quisieron darle.
Como una santa dijo una vez, nada debe turbarnos, ni espantarnos; quien a Dios tiene, nada le faltará.
Sólo Dios basta
Pues con ese pensamiento, con esa certeza, retomo un camino sacudiendo el polvo de mis zapatos y mirando al cielo.

miércoles, 21 de agosto de 2019

Pray Station



No es la última versión; ni tan siquiera sirve para entretener con ocio lo que de aburrido en ocasiones nos regala la vida.
Suena casi igual que ese artefacto que costando cientos nos sumerge en mundos irreales de héroes, batallas, o extremos virtuales.
Esta otra es todo lo contrario; es cerrar ojos para abrir almas. Pensar para sentir y llegar a sentir aún sin pensar. Orar no es un juego para el cristiano; más bien, diría que se asemeja a necesidad. Quien no ora, no mama de la espiritualidad necesaria de quien busca respuestas más allá de la lógica humana en la que nos perdemos todos.
Hermanarse mediante la oración; pedir cura de enfermo, rogar bienes de conciencia a quien la tiene hecha jirones; buscar imposibles donde imposible nos dicen que llegaremos.
Poco entendible para quien ni tan siquiera se moleste en intentar entender. Poco efectivo para quien teniendo intención de hacerlo, lo haga en la vergüenza de quien tema ser descubierto.
La oración es comunión, entendida ésta como la unión de gentes y propósitos para alcanzar un fin. Un fin que va hasta más allá del más allá.
Muchos testimonian su cercanía estando a muchos kilómetros de quien reza por ellos; muchos más son los huérfanos de ayuda que quisieron serlo por cerrazón de sus mentes o por buscar en sitios de vacío contenido.
No les culpo; todo lo contrario. Optaron por lo fácil, por la costumbre anticostumbrista de los que no presignan ideales aunque por dentro busquen lo inalcanzable teniéndolo ahí mismo.
No necesito mandos, ni wifi, ni bluetooth, ni pantalla para jugar al juego de buscar sentido a mi existencia; sólo necesito mi pray station para saber a conciencia cierta que mi partida tendrá siempre un ganador con el más Grande entre los premios.

martes, 6 de agosto de 2019

El hatillo

     


     Poco a poco como cualquier martes se acerca la hora de un mismo encuentro pero con sabores distintos día a día, hora a hora.
     Preparar, no hay que preparar demasiado; un libro por aquí, un rosario por allá, quizás una libreta en la que anotar recuerdos de una sensación, de un silencio, de un cerrar de ojos…
     Sólo cuando me encuentro ante Él puedo asegurar lo que veo, lo que escucho, lo que siento; no cabe aquí la imaginación de lo que será y quizás no sea.
     Hoy es un día especial; uno de esos días en los que encaminaré pasos por la misma calle desierta de siempre llevando a mi espalda un hatillo más que mi mochila de siempre.
     Un hatillo en el que llevar cuatro cosas y mucho alimento de ese que no se ve, que no se paladea pero que sí se degusta en oración, en charla con Quien tampoco se ve, ni se toca, ni se oye.
     Llevaré muchos nombres en ese hatillo y los extenderé en un mantel de pensamientos, plegarias y cuadritos de fe.
     Es la hora de la oración profunda, de la larga conversación, de pedir, de ofrecer, de esperar…
    Son muchos los que hoy van conmigo aunque esté solo.
    Niños de hospital y batas blancas que luchan por permanecer y hacer de este mundo un lugar mejor sólo con su sonrisa junto a sus padres y todos aquellos que sufren en una espera día a día, noche a noche pidiendo a ese otro Niño o a una señora de nombre Esperanza no les suelte de su mano.
    Me acompañará también mi amigo al que como el mejor de los soldados Dios sigue enviando a las batallas más difíciles.
    Irá conmigo también la mujer de sonrisa en los ojos que espera un resultado que siga dibujándole la cara de alegría.
   También la hija que en la distancia siento más cerca que nunca y aquellas mujeres que en casa hacen de mi existencia algo por lo que seguir luchando.
   Conmigo irán gentes que sufren en discusiones que sólo conducen a precipicios sin vuelta.
   Irán también los amigos que son y están e incluso aquellos otros que el tiempo olvidó y el destino se encargó de esconder quizás para siempre.
   Nombres desconocidos que asaltan mis retinas desde peticiones mil en grupos de redes cada vez más grandes y menos sociales y a los que contestaré sin letras, pero con el mayor de los silencios que quepan en una oración.

            ¡Cuánta gente me va a acompañar esta noche! Y sin embargo…

    … pediré a Dios soledades que signifiquen que las cruces que hoy son muchas, las hizo livianas Aquel que quiso, supo y glorificó un sufrimiento.


* Dedicado hoy en especial a los enfermos que no llegan a tres palmos, a esos otros que hace mucho los superaron y a las familias de todos los que con la fuerza del amor luchan codo a codo con ellos.


lunes, 15 de julio de 2019

Un vaso nuevo

Ciertamente echaba de menos alguna que otra de esas “Diosidades” que no hace mucho me dejaban perplejo con sus señales inequívocas.

Acudir a un banco de iglesia diferente, de estrecha madera, endeble sujeción y reclinatorio no apto para pieles delicadas, no es problema alguno cuando lo que se busca es lo perdido.

Degustar no sólo el Pan con mayúscula sino también la Palabra escuchada, es manjar al alcance de quien no perdió el hambre, pero sí las ganas.

Acudir con tiempo, una costumbre; meditar en silencio, una obligación.

A mi derecha, me acompaña una gruesa encuadernación de mil cantos de iglesia. Me llama la atención y decido abrir por cualquier página.

¿Conoceré su composición? ¿Sonará en mi mente música amiga?

Pues no; pero sus letras me confunden primero, me golpean después y me dibujan media mueca de sonrisa.

Dan en el clavo; letras que hablan de renovación, de un alfarero, de un vaso nuevo.

Justamente lo que necesito; renovarme por dentro para poder brillar por fuera; modelar y recomponer la arcilla de mi alma adormecida. Todo eso necesito y más.

Quedarme con la copla de sus letras fue fácil a ojos vista de un click de cámara. Tiempo habría de buscar sus músicas.

Comienza la liturgia y se escuchan esas otras Letras escritas en papel sagrado. Un evangelio que nos habla de un herido, un sacerdote, un levita y un buen samaritano. Una homilía certera; una explicación perfecta y esta vez la “bofetada” cariñosa la recibo con toda su crudeza y esplendor.

¿Actuaron mal ese sacerdote y ese levita al pasar de largo del herido en tierra?

No; actuaron conforme a la ley de entonces para no quedar impuros con su sangre y heridas.

Con esa explicación mi mente regresó de aquel entonces de hace más de dos mil años, al mundo actual. A mi mundo de hoy.

No hay heridos en tierra ni sangre vertida; pero sí que existen personas heridas en su orgullo, heridas en su alma, golpeadas en su fe en quien más debían buscar consuelo y no hallaron.

Los sacerdotes de entonces, siguen cumpliendo la ley hoy y aquí. Asépticos en su modo de actuar, se limitan a cubrir expedientes sin más comas ni puntos y seguidos que añadir al trabajo encomendado.

No ir más allá como hace muy poco recomendaba el propio Papa, hace de su labor un vaso viejo de caras jóvenes que conocen leyes pero no conocen personas heridas que buscando sanadores de almas, sólo encuentran a quien simplemente extiende sus recetas.

Así puedo entender aptitudes teológicas pero no las actitudes humanas de quienes deberían ser pastores, consejeros y si me apuran, incluso amigos.

Y me duele, aunque ahora lo entiendo. No me percaté antes y aunque no comparta pensamientos, seguiré rezando por quienes sólo ven asépticas leyes donde yo quisiera ver un corazón latiendo.

Sin acritud hacia nadie; entendiendo sin compartir, compartiendo sin entender, mientras un hermoso canto suena…





domingo, 23 de junio de 2019

Sabático



Suena a ricos sin serlo; puede parecer pretencioso sin pretenderlo; incluso sonará a descabellado sin más, pero sinceramente llegado el punto en el que se debe elegir, opto por esta opción.

La fe para mí, no es un trabajo aunque en ocasiones sea trabajosa. La fe (y hablo siempre a nivel personal), es un sentimiento. La tengo, o no la tengo; la siento, o no la siento.

Podré tener mil altibajos; mis días gloriosos y aquellos otros de solitario desierto; pero la fe, mi fe, sigue ahí inquebrantable gracias Al de siempre.

No obstante, eso no significa que como humano que soy, como pecador entre pecadores, sea un perfecto cristiano. Y como tal, también tengo mis debilidades, mis defectos y mis contrasentidos. Quizás entre todos ellos aunque habrá quien piense que no lo es, me ronda siempre por la cabeza que la rutina no debe ser buena nunca. Que hacer muchas repeticiones de algo, acabará siempre en un automatismo del que huyo y más en la fe en este caso en mi entorno parroquial.

Quien me conoce, independientemente de si me aprecia o no, podrá decir muchas cosas de mí; pero si alguien dijera que no me he involucrado en mi parroquia y sus parroquianos, mentiría como un bellaco.

En mi interior desde hace ya algún tiempo, viene anidando un sentimiento de hastío que ha asentado sus bases en mi conciencia y es ahora cuando ésta me obliga a actuar.

Cuando uno no se siente parroquiano en su parroquia; cuando uno no se siente alegremente llamado por campanas y los miércoles no dejan de ser un día más entre semana, es que algo no marcha. Cuando uno además se siente oveja sin pastor, es hora de buscar nuevos prados.

Cuando veo en la gente corriente (por ser la que corrientemente veo en los dominios de alta torre) más espaldas que frontales, es hora de apartarse y buscar otros caminos.

A la misma hora, en el mismo lugar, con los mismos protagonistas, bostezos y naturalidades que hace tiempo se perdieron, es tener un encuentro con la mediocridad de una vida sin más. Ir por ir, perder el humor que siempre existió, cerrar oídos voluntariamente a sapiencias extremas de libros leídos y sentimientos no hallados, no es un buen camino cristiano ni una forma para mí de vivir la fe, mi fe, con alegría. Aparentar lo que uno no siente es para mí falsedad y nada más alejado de mí que serlo.

Alrededor de una mesa, comenzó una hermosa historia que ahora doy por cerrada; será un buen recuerdo de lo que fue y ya no es. Miércoles de cansancios pero de alegrías por encuentros, rezos de un rosario o simplemente de mantel, viandas y risas quedarán atrás sin acritud, pero con la firmeza de una decisión que creo es la mejor para mí y mis alrededores.

Es hora de cerrar círculo con los míos; es hora de mirar más de puertas para adentro, es hora de regresar al encuentro de la Palabra en lugares en los que más que ver u oír, pueda llegar a sentir y escuchar lo que siempre sentí al sentarme en un banco de cualquier lugar con olor a incienso.

No padezco envidias, ni creo que mi pecado se traduzca en orgullos sin fundamento; simple y llanamente, me cansé de falsedades; me cansé de buenas palabras de diccionario, me cansé de gentes que sonríen como hienas amigables. Me cansé de la rutina.

Dineros no tengo, pero soy millonario en intenciones y miradas al cielo buscando una respuesta que siempre suelo encontrar. Y como millonario que soy, voy a permitirme el gran lujo de hacer de mi capa un sayo, de mis ideas intenciones y de los míos lo más y mejor.

El tiempo de este estado sabático, sólo Dios lo sabrá y sólo Él hará que eche o no de menos lo que ahora alejo de mí.

La gente que aprecio, me aprecia y extiende su cariño real y no ficticio a los que conmigo viven y por los que vivo, sabrán de mí como siempre y pueden estar seguros que no me tendrán lejos en pensamiento, palabra, obra y sin omisión.

Hasta más ver  

miércoles, 29 de mayo de 2019

El silencio de los corderos



Un rebaño, unos pastores, mil silencios. Así en tres palabras con su correspondiente artículo se podría resumir un sentimiento que va calando hondo y que va dejando posos insanos de lo que pensaba sería y mucho me temo que nunca llegará a ser.

La Iglesia es madre; sus Ministros, padres. ¿Cómo entonces no siento el abrazo, la preocupación, el refugio, el consuelo y la alegría de sentirme protegido y cuidado por mis padres espirituales?
Es una percepción muy personal, pero que perfectamente creo compatible con mi entorno más cercano; familia, amigos, gente joven, gente que ya no lo es tanto… Gente en definitiva a los que escucho y con los que comparto o no pensamientos, ideas u opiniones.
Hablar a la cara y a las claras, en un confesionario, en la terraza de un bar, en la calle o entre cuatro paredes de alturas catedralicias o de habitación de reunión monda y lironda, me ha llevado, no sin meditación y maceración de años, a percatarme de algo que ciertamente me confunde, preocupa y en cierto modo, asusta.
Soy un privilegiado y siempre que mis neuronas me lo permitan, no me cansaré de decirlo. A nivel personal, familiar o de mi entorno más habitual, sería de miserable quejarme.
Añadamos a esto que mi fe en Dios, mientras Dios quiera, creo que es y espero que sea siempre, inquebrantable.
Pero mi fe en el hombre en general y en los hombres de Dios y su entorno en particular, desgraciadamente, viene padeciendo de temblores que a modo de réplicas, pudieran parecerse a terremotos aunque éstos afortunadamente aún no hayan hecho acto de presencia.
No voy a generalizar, pero sí que cuando la probabilidad se acerca al cien por cien de los protagonistas de negras vestimentas que conozco y me conocen, debería de considerar una pandemia que en mi entorno parroquial se extiende más allá de sus muros.
Ya no me valen las excusas habituales ni vendas en ojos propios y ajenos con consabidos “estarán muy ocupados” “pobrecitos” “no dan abasto” “menudo papelón tienen”.
Y digo esto porque aunque sea cierto, que no lo discuto, tampoco creo que sea menos cierto el hecho de que la vocación de un pastor hacia las ovejas de su rebaño, entiendo que debería llevarle a una cercanía personal que no se percibe. Pero cercanía de la de verdad; cercanía en lo bueno de la vida y mayor cercanía aún en los momentos ingratos que a todos nos toca vivir.
Uno puede trabajar y codearse asépticamente con sus compañeros, jefes, o conocidos o por el contrario, puede hacer llevadero ese trabajo con dosis de humanidad; pero de la humanidad que se preocupa sinceramente del prójimo como bien común y propio.
Cubrir expedientes, está bien; dar imagen de simpatía, profundidad o cánticos gloriosos de buena voz, genial.
Pero sentir un feligrés, una oveja descarriada o no, un simple parroquiano, el latido revestido de cierta comprensiva amistad en su pastor, debe ser otro nivel.
Y ese nivel se me hace muy lejano por no decir desaparecido, o inesperado.
El propio Papa Francisco en la homilía de la última Misa Crismal, instaba a los sacerdotes a ser cercanos a la gente como evangelizadores que son.
Como cristiano que soy, católico practicante que me considero y observador por naturaleza que como gracia o cruz la vida y Dios me dieron, debía reflexionar sobre todo esto.
Seguramente, no sería entendido por aquellos mismos que habitualmente comparten su mismo PAN conmigo. Y si lo hago, precisamente es porque me duele allá en lo hondo, en lo escondido, que voces implorantes pidiendo consejo espiritual, consejo de hermano en la fe, o simple consejo de prójimo respetado y querido, se encuentren con el vacío de la pasividad o indolencia de aquel de quien esperan una mirada acompañada de palabras cargadas de apoyo, consejo o simple compañía sincera.
Y lo digo con conocimiento de causa por familiares de piel con piel, de rabiosa juventud que siendo fieles comienzan a no entender actitudes. Lo digo además por quien buscando un consejero espiritual acabó hallando una quimera o simple humo; y lo digo también por amigos en dificultades que esperando, se cansaron de esperar.
Se me podrá reprochar por quien no me conozca realmente, que no debería hablar con duras palabras hacia quien me trata bien o muy bien según se mire o quien lo mire. Pero si lo hago, precisamente es por aprecio hacia esas personas. Si lo hago también quizás sea por aquello de la corrección fraterna que como cristianos y hermanos deberíamos poner más en práctica todos. Y cuando digo todos, es todos.
Desde el más culto entre los cultos, al más humilde o ignorante entre los mismos.
No puedo consentir escuchar de jóvenes “me están obligando a buscar otra parroquia donde vivir la fe”.
No puedo consentir vivir una fe anquilosada en un simple transcurrir de días de Misa y mantel.
Soy un rebelde sin causa aparente, pero un rebelde inconformista que quiere luchar para que el silencio de los pastores, no acompañe al silencio de los corderos.