"Quisiera saber llorar como un niño para sentirme mejor hombre"
"Vivo para creer; creo para vivir"

martes, 11 de septiembre de 2018

Detrás de la muralla


Un viaje, una peregrinación, un deseo, una esperanza entre interrogantes.
Marcharon cristianos, católicos, parroquianos, amigos y conocidos a tierras lejanas, pero Tierras Santas.
Dos motivos principales impidieron unirme a ellos. El primero y primordial, mi situación económica que me hace poco aconsejable realizar desembolsos de este calibre.
Y una segunda que siendo o considerándome creyente, pudiera parecer antagónica con ese viaje. Siempre he pensado que un viaje, una peregrinación así, debe ser algo muy íntimo; sin prisas, sin horarios que cumplir, sin marabuntas de gentes ni ruidos. Con momentos para la interiorización completa; con silencios en silencio; con plegarias mirando al cielo y no a la hora de un reloj. Algo que era imposible de verse cumplido en este tipo de peregrinaciones organizadas en grupo.
Viajar por tanto, no viajé. No pisé Tierra Santa, pero estuve. Estuve en pensamiento y oraciones. Con un deseo claro en las plegarias que no era otro que el éxito espiritual de esa avanzadilla de unos pocos con los que también en la distancia íbamos muchos.
Pedí por encontrarme a su vuelta unos ojos con brillo color Dios; pedí por uniones de brazos más que de boquillas; pedí por alegrías vestidas de humilde gala; pedí por abrazos sinceros de hermanos en la fe; pedí, pedí, pedí…
… y no hallé.
Quizás mucho pedí; quizás mucho esperé.
Pasaron los días, hablé con varios, me crucé con otros y observé a todos. De todos los colores, tamaños y género.
Quise saber, siendo todo oídos; quise escuchar y sentir removerse en mí una pizca de otros tiempos de parroquia alegre, aparentemente unida y con ganas de no demostrar cosas sino de serlo. Aquellos tiempos de risas comunes, lágrimas compartidas y esfuerzo por un bien común.
Y no lo hallé.
He encontrado incluso frialdades de palabra y obra, orgullos sempiternos que ni el polvo de un desierto consiguieron ocultar; pensamientos llenos de ruidos malsanos y en general, un punto y seguido en un capítulo que no acaba nunca en uno nuevo y mejor en la historia que entre todos pienso yo deberíamos escribir.
Quizás alguna chispa, un atisbo de brillo en los ojos, unas palabras extrañamente pronunciadas en un tono de esperanza; pero poco más.
¿Quién soy yo para sentenciar esto? Nadie. Sólo un simple opinante que opina.
Sólo un tipo que observa, intenta escuchar más que oír y sentir más que ver. Así lo pienso y así lo digo.
No obstante, seré positivo y pensaré que tiempo al tiempo; que ese grupo que partió, que ese grupo que regresó, trajo consigo en alguno de sus miembros una semilla que necesita reposo, cuidados y madurez para alcanzar la plenitud que particular y “egoístamente” en el momento actual, pienso se quedó a muchos kilómetros de aquí detrás de una muralla.

martes, 21 de agosto de 2018

Setenta veces siete


Desconozco el motivo; de hecho, estos últimos años el veintiuno de agosto no dejaba de ser un día más en el calendario de un mes de verano como otro cualquiera.

Sin embargo, hace ya algún tiempo que concateno imágenes con recuerdos, sensaciones con medias sonrisas y agradecimientos hacia las más altas cumbres de un cielo que de vez en cuando me acompaña en esta tierra.

Un viejecito de blanco pelo viene a mi memoria con la intensidad que siendo cierta, nunca hasta ahora se dejó tanto notar. Un viejecito al que quizás debo una llave; una llave que sin proponérselo, desde hace hoy siete años, me abrió una puerta a lo desconocido en una vida en la que siempre miré hacia otro lado.

Un veintiuno de agosto de 2011, ese viejecito de nombre Joseph pero conocido como Benedicto XVI, me acompañó junto a más de millón y medio de cristianos venidos de todo el mundo en un acto que siendo una Santa Misa, se convirtió en mi verdadero bautismo en la fe; en mi verdadera conversión.

Muchos hechos sucedieron desde entonces; buenas y malas; mejores y peores como cualquier devenir en la vida de cualquiera. Pero con una diferencia esencial; la de afrontar lo bueno y lo malo con los ojos de la fe, con la mente del creyente convencido de que un Dios, mi Dios, el Dios de todos, está conmigo, quiso encontrarme y me halló.

Mil y una cosas podría relatar de estos años, pero no es éste el momento ni el lugar para hacerlo.

Sí diré que a ese viejecito de pelo blanco, a ese Papa Emérito que supo retirarse a un lugar apartado para rezar por el mundo, a ese Papa, mi Papa, dedico hoy letras, recuerdos, pensamientos y plegarias.

A mi familia, a los míos, a aquellos que saben aguantarme entre cuatro paredes y que son pilar fundamental en esta fe que quiero cimentar con la firmeza de quien no quiere jamás perderla.

Y hoy, especialmente también, quisiera dedicar estas letras a una persona que de una manera compleja y extraña el Señor ha puesto en mi camino como instrumento para llevar mi plegaria en acción de gracias a un lugar que a más de tres mil kilómetros de aquí, fue el marco de una soledad de un hombre que siendo Dios, sufrió lo que nadie para glorificarnos a todos.

A esa mujer, a esa amiga que derramó lágrimas en un huerto de olivos empapándose de ese mismo Señor y Amigo que a mí me abrazó aquel veintiuno de agosto, mi agradecimiento como amigo y ahora más que nunca espero que como hermano en la fe, siempre por ser y estar.

¿Brindaría por estos siete años? No

Lo haría por otros setenta veces siete.

miércoles, 25 de julio de 2018

El renegado




Vaivenes da la vida constantemente; eso es normal. Lo que ya no es tanto, es que nosotros mismos nos movamos a un ritmo parecido al de un barco sin rumbo ni timón a merced de vientos y mareas.
Cuando el creyente o aquel que pretende aparentar serlo se dedica más al lamento, la crítica, el enfado, el remordimiento, resentimiento o inestabilidad emocional, se produce la renuncia del bien del alma.
Quien ha sabido lo que es sentir la mano amiga y el cobijo del Espíritu en la vida fácil, también debiera saber que esa mano y ese cobijo se hacen aún más presentes en quien atraviesa dificultades más o menos graves.
No es excusa sentirse azotado por la vida; mayores azotes reciben personas que seguramente lo merecieron menos.
Quien así se siente, reniega de sus principios, reniega de sí mismo; reniega de la fe.
Convertir personas en fantasmas, días en despropósitos rutinarios u oraciones en retailas con forma pero sin fondo, lleva al desconcierto, al desconsuelo, al negativismo, la desprotección, la angustia y los sudores fríos.
Y Alguien dijo una vez “Venid a mí los que os sintáis agobiados, que Yo os aliviaré…”
Un renegado con nombre y apellidos idénticos a los míos, dirigió sus pasos mecánicamente a la capilla de siempre, a la hora habitual y los mismos bancos vestidos de soledad.
Una soledad que lo acogió como siempre; pero una de esas soledades que en silencio, le habló como hacía tiempo no lo hacía.
Varias fueron las palabras que resonaron en esa estancia aunque sólo las escuchara el corazón de quien sentado en silencio mantuvo, supo y quiso por fin, mirar al frente con el alma de par en par:
FUERZA, FE, FAMILIA, SERENIDAD, ORACIÓN, CONFIANZA… se agruparon en pensamientos lúcidos de quien llegó envuelto en tinieblas de desbocada vida.
La cobardía, dio paso a la determinación; los humos negros, cambiaron a fumata blanca; los pasos tristes de la ida, se transformaron en otros alegres que desandaron lo andado en un principio con la cabeza gacha.
Las maldiciones interiores y los interrogantes en la mirada, se transformaron en admiraciones de carga positiva repelentes al desconsuelo.
El día amaneció con un mismo sol asomando por el este; pero su tonalidad a pesar del cansancio de alma y cuerpo, no es la misma en ese renegado que hoy espera volver a desenfundar su mejor arma, la de la fe, cargando su recámara con dosis de perdón y comunión con Él, conmigo, con todos.







jueves, 7 de junio de 2018

Carrera de fondo




Toda carrera tiene su salida cierta y su meta marcada con el símbolo de la incógnita.
Prepararse física y mentalmente, requiere de un esfuerzo y constancia si lo que se pretende es llegar a finalizarla.
Ayer asistí al banderazo de salida de un proyecto cuyo fin no es otro que el de aunar voluntades y poner orden en corazones que buscando fe, necesitan afianzarla.
Nuestro director de carrera, no se deja ver, pero se presiente; no ahoga, pero aprieta; no duerme en laureles, pero esculpe conciencias asombradas.
Más de una veintena de hombres serán los encargados de pensar, obrar y orar para que lo recién sembrado crezca en el corazón de una parroquia que siendo grande, lo quiere ser más.
La empresa no es fácil; despertar del letargo una fe quizás demasiado anquilosada en sus costumbres, no es tarea simple.
Pero el cristiano, el buen cristiano no debiera sentarse simplemente a mirar trenes de ida y vuelta. Alguna vez debería subir a uno de ellos aún a sabiendas de que el destino, con final feliz, también entraña sus dificultades.
Muchos hombres en esa primera reunión, se abrazaron en comunión pidiendo, invocando, dejándose llevar por un triunfo que siendo futuro ya se quiere hacer presente.
Y en medio de ese círculo, de ese grupo, siempre Él. Aquel cuyo nombre es conocido aunque en ocasiones escondamos en pensamiento, palabra, obra u omisión.
Sí, el Espíritu Santo estaba allí; haciendo hablar al callado; haciendo amigo al desconocido; haciendo beber de Su esencia al mayor de los abstemios.
Hubo nombres diversos, presentaciones individuales y retazos del proyecto.
Pero ante todo, esa sala, se vistió de esperanza; se engalanó de fe.
No me equivoco si digo que hubo abrazos sin abrazo; miradas cómplices bañadas en positivismo; futuros cercanos siendo lejanos.
En definitiva, ayer rememoré ese Espíritu de Emaús que un día allá por octubre me sacudió con fuerza y me acompaña desde entonces.
Comienza aquí, en mi parroquia, ese camino de Emaús que siendo de momento sólo de ida, queremos, deseamos y pedimos nos lleve de vuelta para anunciar la Buena Nueva.


¡JESUCRISTO HA RESUCITADO, EN VERDAD HA RESUCITADO!


jueves, 26 de abril de 2018

Amén

Rodeado de nadie; sentado a Tus pies. Pensar en multitudes, era quimera;
pensar en soledades, fue decepción.
Un cojín, un respaldo de pared; unas cuentas, una fe; un niño en el pensamiento y un milagro de horizontes negros.
Preguntas en el pensamiento con respuestas sin respuesta.
El objetivo era uno y las oraciones dirigidas; pero la soledad me pudo. Me pudo la incomprensión, la perplejidad, el desánimo, la fe escondida, la espalda del amigo o la falta de fe en el ser humano. En el cercano y en el de la habitación de al lado.
Pensé en lo que no debía; miré hacia afuera, hacia el resto sin tener en cuenta a la persona que soy yo y a Quien en silencio me escuchaba. Error del que no aprendo o quizás no quiero seriamente aprender.
Muchas fueron las ocasiones para reconducir lo mal conducido; muchos fueron los momentos de pensar “hasta aquí”; pero siempre tomando el mismo desvío para llegar a ninguna parte.
Pero si un día pensé que Dios me quería, hoy digo: “Dios me quiere”.
Porque en ese silencio engalanado de soledad y pensamientos de abandono, Tu palabra me habló al oído.
“No estás solo, me dijiste; me tienes a Mí. Y tienes a un niño que te espera, a unos padres que te escuchan y necesitan que les hables y reconfortes. Olvídate del resto; no importan. Tu misión es clara; tu objetivo, definido; céntrate en él“.
Dicho y hecho; el pensamiento se hizo palabra y las palabras, oración; las cuentas pasaron rápida pero intensamente con la mente y corazón en una isla a muchos kilómetros de allí.
Lo que vino después, ya fue rutina. Pero atrás quedaron un cojín, una pared, Un Señor, un deseo y un 

AMÉN


* A Alfie Evans y sus padres. Con la esperanza de un milagro y la certeza de ser un niño de Dios.





lunes, 16 de abril de 2018

Detrás de ti

Ayer lo vi; sentí frío por el viento y ese viento me hizo ver. Sentado allí, escuchando, lo vi. No quise parpadear; no quise dejar instante ni palabra que se perdiera en el olvido y lo vi.

Una mujer hablaba. Una mujer conocida, querida y admirada. Una mujer que luchó lo indecible para llevar a buen puerto la tarea encomendada.

No era fácil; las circunstancias, las gentes, corazones oxidados, verdades a medio gas, lágrimas sentidas, oídos sordos… hacían difícil su misión.

Pero su fe pudo más; su tenaz fe pudo con todo.

Allí, frente a un público silencioso, expectante, habló. Habló de agradecimientos, de emociones, de un Jefe Amigo…

Y habló de una Madre; de una Madre especial. De aquella que en fino manto cobija lágrimas alumbrando oscuridades con luz de esperanza.

Sin guion previo, porque lo que está escrito en el corazón no necesita ser leído, se refirió a Ella como sostén de lo que ha sido un trabajo duro pero grandiosa y hermosamente reconfortante buscando un premio muy difícil de lograr:

PAZ

Esa paz que ahora veo en sus ojos; esa paz, esa fortaleza que ahora transmite.

Paz y perdón; perdón y fe; fe y esperanza.

No hay nada más grande que haya podido alcanzar que esas tres palabras fundidas en dos días y una vida futura.

Yo vi a esa mujer que hablaba mientras dos manos sujetaban fuertemente sus hombros. Dos manos amigas que un día recibieron el odio del mundo a golpe de martillo y clavo y que ayer sostuvieron con el Amor más grande a quien por su lucha, entrega, fortaleza y fe merece con creces ser feliz y vivir en paz.

Hace casi siete años, una brisa me hizo sentir Su presencia.

Ayer, pude Verle detrás de ti.




* Dedicado especialmente a mi hija Ana y a todos aquellos que hicieron posible que el Retiro de Effetá celebrado del 13 al 15 de abril en el Convento de la Inmaculada Concepción de Loeches fuera un acontecimiento memorable.

lunes, 2 de abril de 2018

Luces, cámaras, devoción

Se llenó de luces la estancia; donde había penumbra, se alumbraron los rincones del silencio. Todo medido, ensayado, casi cronometrado; los pasos, el momento, los gestos, las palabras; todo, estaba concienzudamente preparado y premeditado para que miles de personas de toda España pudieran contemplar liturgias de una semana que comenzando en Jueves, ha sido y será siempre la más Santa y grande para un cristiano que se precie de ello.
La televisión fue testigo y director de unos actos que por su trascendencia abarcan a millones de personas que creyeron, creen y creerán en unos hechos, en un hombre que supo morir como ninguno para que todas las generaciones viviéramos de un futuro eterno.
Una Catedral llena de cámaras, cables, operadores de cascos y micro ceñido en cabeza que con su trabajo aséptico y profesional mostraban lo que unos ojos podían ver.
Pero meditando, una cámara, una voz en off, un ojo artificial moviéndose en las alturas, jamás podrá mostrar el sentir de un cristiano ni el olor a incienso, ni los pensamientos de un corazón lleno de fe y esperanza.
Objetivamente, el hecho de televisarse todos esos actos desde mi querida Catedral, me hicieron sentir encorsetado en algo que no es lo que yo busco siempre en estos días.
El recogimiento, la meditación, el silencio y las enseñanzas en libros que sin ser de colegio enseñan vidas pasadas y futuras, brillaron por su ausencia en esas tardes de Oficios que esta vez, al menos para mí, carecieron de beneficios.
Un acto tan íntimo como que el mismo Jesús disfrazado de Obispo se humillara y besara un pie que siendo mío, en ese momento podía ser de cualquier alma con ganas de fe, se convirtió en una luz deslumbrante.
La luz de un gran foco que no paraba de recordarme que el Hermano que yo buscaba, era entonces ese otro gran hermano que vigila movimientos con un solo ojo lleno de electrónica.
No fueron nervios los que deslucieron mis sentimientos; no fueron guiones escritos los que impidieron vivir el momento; fue simple y llanamente, la falta de naturalidad, de sencillez, de soledad que uno busca entre tanta gente.
Así fueron esas liturgias vistas desde todos los ángulos que un enfoque de ojos sin vida pueden alcanzar.
Pero hay otros ángulos que jamás los avances tecnológicos llegarán a escudriñar para ser vistos.
Esos ángulos que sólo ve el corazón humano.
Esos otros momentos de pensamientos, recuerdos, historias lejanas, enseñanzas y comunión sin pan.
Unas maravillosas siete palabras de Jesús en la Cruz que pronunciadas, explicadas y meditadas por un sacerdote cuyo nombre desconozco pero conoceré; unas catequesis que hablaban de significados de días y celebraciones santas para acabar en una noche llena de gozo y resurrección; unas tuercas y maderos que apretados querían ser base de un Cristo crucificado; ese director sin orquesta que siendo quizás cansino, se ha convertido ya en tradición de nervios a templar, para no ahogarlo con todo el cariño.
Subir, bajar, sujetar, mover, repartir, escuchar, repetir… fueron verbos tradicionales en estas fechas en el mismo lugar y a las horas habituales de siempre.
Eché de menos familia, eché de menos amigos y gentes que sin serlo, hubiera querido que compartieran esas mañanas de reflexión en un templo alejado de esos focos, movimientos de gentes y falta de espontaneidad, para acabar quizás en un intercambio de opiniones o sentimientos al abrigo de un buen café o cervezas entre personas unidas por la fe.
No pudo ser; quizás otro año; quizás en otra ocasión.
Pero siempre digo que soy un tipo afortunado; que Dios me quiere y que nunca permitirá que llegue a percibir soledad sin buscarla.
Pude sentir y escuchar el abrazo del Amigo en una anciana que apoyada en una maltrecha muleta, con el cuerpo encorvado y los huesos desechos por el paso de los años junto a mí, de pie y admirando una figura que pareciera dormida, me pidió con toda la amabilidad y educación del mundo si podía ayudarla a besar a Quien dormía a los pies de un altar.
¿Cómo negarme a la voz de la fe? ¿Cómo negarme a acompañar la devoción que quizás me falte? ¿Cómo decir no a quien busca el sí verdadero?
Mis brazos la ayudaron y mi alma la abrazó para que dejara un beso en una imagen inerte que parecía cobrar vida.
Esa anciana que a duras penas pude incorporar y que con ojos al borde del llanto acertó a darme de lleno en la línea de flotación de mi sensibilidad cuando me dijo:

“Ahora ya puedo marchar tranquila a casa; que Dios se lo pague por el bien que me ha hecho”.

Esa mujer me había regalado en unos segundos lo que unas luces y unas cámaras no podían conseguir; me regalaron un afianzamiento en mis convicciones de que un mundo sin Dios, sin Cristo, sin Jesús, sin devoción, no es mundo.
Y acabé rodilla en tierra, besando a Quien besó, y pronunciando una sola palabra:

G R A C I A S




*Al mundo entero pero particularmente a quien esto lea, le deseo una FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN.




sábado, 17 de marzo de 2018

Gusanitos




Un día ventoso, desapacible; un domingo que invitaba más a zapatillas y caldos que a salidas más allá de un pan para comer.

Pero la devoción más que obligación, llevó mis pasos hacia donde repican las campanas de once en una torre con reloj de doce y cuarto.

Distinto banco, mismas caras, músicas y ornamentos.

Un hueco vacío a mi lado; nadie lo ocupaba. De repente, unos pantalones largos, unos zapatos negros, un abrigo gris y poco más de un metro de niñez de moreno cabello, se sentaron a mi lado.

Un chaval, un niño de blanca tez y mirada serena que portaba entre sus manos una colorida bolsa de salados gusanitos del que todos alguna vez nos hemos embadurnado labios y sonrisas.

Sus manos no se separaron de la bolsa ni un momento; era un tesoro a guardar esperando la ocasión para ser devorados.

Impropia quietud, tranquilidad, educación y saber estar en un niño de tan corta edad que me sorprendió con oraciones, golpes de pecho y respuestas que sabía cuál experto de almas mirando al cielo.

Admito que en esa ceremonia, yo jugué más que escuché; pensé más que atendí y me admiré más que sentí.

Porque ese niño en un momento especial, se arrodilló a mi lado, escondió la cabeza entre sus hombros y se mantuvo quieto, muy quieto como si el tiempo se hubiera detenido en él.

Instantánea de una escena que me admiró profundamente; una imagen de inocencia, de silencio interior, de un niño que sólo separó una de sus manos de su tesoro más preciado, para apretar la mía en una paz que para mí y para todos quisiera conservar siempre.

Marchó por donde vino; sin nadie que le esperara alrededor y dejó a un tipo como yo unos minutos dando gracias a  un cielo que vino a verme con sabor a gusanitos.


*Quiero dedicar estas letras a otro pequeño niño y su familia que horas más tarde atravesaron el corazón de muchas personas que no podemos comprender la maldad del ser humano.

A Gabriel y tantos otros ángeles que hoy y para siempre comerán gusanitos  sabor a Gloria.   

domingo, 11 de marzo de 2018

Una gracia y dos tostadas



Dos sillas, una mesa, una mujer joven y un hombre de cincuenta y pico primaveras con sus inviernos.

El lugar, un bar; el motivo, un encuentro necesario.

Dos cafés en día frío y dos tostadas untadas de mantequilla, melocotón y franquezas.

Era necesario que ese hombre y esa mujer por fin, después de tantos años mantuvieran una conversación en busca de consejo, comprensión y sinceridad mutuos.

No es buen año para ella; tampoco para él. Nubarrones cargados de precipitaciones amenazan con descargar torrentes de palabras, obras y omisiones.

Él la escucha; ella medita, explica y abre el tarro de las esencias de quien ha madurado una personalidad que quizás ya tenía y nadie acertó a descubrir.

Recorren juntos acontecimientos, situaciones, proyectos y acciones futuras con el único fin de encontrar sentido entre tanto sinsentido.

Y llegado a un punto, esa mujer mira con hermosos ojos llorosos a ese hombre pronunciando una frase enmarcada en verdadera sabiduría y sentido espiritual.

“Estoy recibiendo más gracias, que desgracias”

No hay nada más complejo que aprender de los reveses; no hay nada más maduro y profundo que sentirse agraciado entre tanta desgracia y mirar futuros de esperanza y paz interior. Lo vivido, vivido está; lo sentido, sentido estará; pero lo que quizás resulta más difícil de aunar, es fe con contrariedad y paz entre tanto interrogante.

Pero para eso están las conversaciones solitarias con Quien nunca nos deja solos y acaba siendo el mejor consejero que nadie pueda buscar y tener.

Ese hombre, se sorprendió de una madurez que no descubrió hasta ahora en quien un día le arropó con humor de niñez.

Es bueno dar gracias y las da y aún mejor encontrar gracias en desgracias en un día cualquiera en cualquier bar y con una mujer extraordinaria que sigue dándole aún más sentido a esta vida de fe que le ha tocado vivir con sabor a dulce de melocotón.

A ella, a Él, gracias.



viernes, 2 de marzo de 2018

Es la hora



Muy  de madrugada  ya,  recorría  las  calles  de  mi  ciudad  destino  a  casa.

Una lluvia  pertinaz  caía  inmisericorde  dejando  atrás  un  reguero  de  olor  a  limpio  y un  aspecto  de  barrido  de  inmundicias  en  sus  suelos.

Las  rejillas  de  alcantarillado  recibían  con  sus  boquillas  abiertas  todo  lo  que pequeños  ríos  de  corriente  continua  arrastraban  hacia  ellas. Pequeños  y  no  tan  pequeños  charcos  se  fueron  formando  alfombrando  mis pasos  hacia  el  calor  de  una  cama.

Pero  esta  vez,  no  sentí  deseos  de  calzar  botas  de  agua  y  jugar  a  pisarlos  cual niño  que  siempre  soy  y  que  la otra noche  no  quise  ser. Porque  esa noche  descubrí  al  fin  lo  que  llevo  tiempo  guardando  o  más  bien reteniendo  en  cuerpo  y  alma  y  que  gritándome  me  dijo  claramente: “Es  la  hora”

La  hora  de  actuar;  de  dejar  de  ser  un  objeto  pasivo  y  entrar  en  plena  acción buscando  simple  y  llanamente  algo  tan  fácil  y  a  la  vez  tan  difícil  como  es descubrir  verdades  entre  tantas  mentiras  encubiertas.

No voy  solo  ni  mucho  menos.  Me  acompaña  el  de  siempre.  Aquel  que  sabe poner  palabras  en  palabrotas,  calmas  en  tempestades,  pero  también  firmeza en  tibiezas  que  enmascaran  la  realidad.

Voy  a  poner  patas  arriba  la  sinceridad  de  algunas  personas  aunque  ello  me cueste  la  perplejidad  y  negación  de  unos  ojos  al  frente. Voy  a  romper  el  frasco  de  las  ponzoñas  o  al  menos,  poder  alejarlo  lo suficiente  para  que  sus  efluvios  no  me  afecten  ni  afecten  a  los  míos  que  al  fin y  al  cabo  es  lo  único  que  debería  importarme  a  estas  y  a  todas  las  alturas.

Intentaré  descubrir  a  quien  quizás  sin  malas  voluntades  ataca  líneas  de flotación  en  personas  sensibles  que  nunca  debiera  haberse  atrevido  por  su condición  de  jugador  con  ventaja. Y no quiero  tener  compasión  esta  vez  ni  tan  siquiera  de  mí  mismo.

El  silencio  fue  consejero  temporal,  pero  ahora  es  la  hora  de  hablar  aunque con  ello  vea  más  espaldas  que  personas  de  frente.

Mis  armas  son  simples,  pero  muy  poderosas.  Mi  fe  es  mi  muralla;  mi conciencia,  mi  General;  mi  Espíritu  Santo,  mi  brazo  ejecutor.

 Y Éste  sí  es  Quien  me  habla  y  me  hace  actuar  así  y  no  falsos  profetas  que disfrazados  de  bondades,  sapiencias  y  consejos  con  cargas  de  profundidad, minan  el  corazón  de  buenas  personas  sin  medir  las  consecuencias  drásticas de  sus  actos  con  el  único  fin  de  captar  su  atención  y  lo  que  es  más  grave,  sus pensamientos  y  sus  futuros. Avisados  quedan.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Arena en los zapatos



Llegó la hora de iniciar viaje, travesía y reto. Es hora de calzar zapatos, apretar cordones, dientes y espíritu para marchar hacia uno mismo.

No será fácil el camino; el sol abrasador, la sequedad en la piel, el silencio del alma, serán acompañantes no deseados, pero necesarios hacia un destino incierto.

Marcho con decisión y esperanza; también con frialdad y ardiente desazón.

No es el mejor momento, pero quizás por ello lo afronte con la fuerza que me da el saber que todo tiempo de tormentas lleva aparejado su esplendor final.

En estos momentos, no soy nada, soy nadie. Y ese nadie inicia su caminar por un desierto en el que buscaré respuestas, comprensiones, plegarias y certezas a todo aquello que ahora nubla mis sentidos.

Quiero dejar atrás muchas cosas: quiero dejar unas lágrimas inconsolables; unas interrogaciones sin despejar; un muro donde sólo rebotaron las palabras; una frialdad de oficina en los ojos del amigo.

Buscaré desatar manos que me impiden abrazar a corazones ciegos en una ceguera que no ven; pasados en clave de sonrisa que ahora pintan en muecas futuros en común.

Todo eso pasó y en un cajón con la llave puesta deben quedar.

Pero ahora, no; con el agua en cantimplora y el maná que me quiera dar Dios, me dispongo a cruzar el desierto que me espera.

Un desierto en el que mis huellas permanezcan imborrables en la arena del olvido. Sí, ese olvido de tristezas, dolores y malsanas manecillas de reloj. El reloj que inexorable paró el tiempo para dejarlo en imperfecto estado de confusión de almas y cuerpo.

Voy en busca de rescate, de nuevas sensaciones que sin conducirme a oasis reconfortantes, sí me lleven a una paz interior que ahora desconozco y ansío en mí y los míos.

Quizás me equivoque y no sea la hora del reproche, pero sí de la firmeza.

La hora del desplante a todo aquel o aquello que atenace la bondad que en mí quisiera. Cerrar oídos a la tentación de sucumbir a lo que no debo hacer, pensar o ser.

Y es la hora, sobre todo, de arropar un corazón herido; un corazón puro sin alardes de grandeza que sólo la encuentra en Quien siempre le escribirá una carta indicándole el camino.

No habrá nunca mejor palabra de ánimo que la de Aquel que siempre habla en el silencio de su interior.

Principalmente a ella, ofrezco este viaje hacia un yo que ahora no soy con mi deseo de cuarenta días que me conduzcan al frescor de una arena de mar que alivie este otro mar de arena que ahora baña mis pies.

No será fácil, ni Dios permita que lo sea; pero sólo espero que los ojos a encontrar al otro lado de este desierto, se llenen de lágrimas de alegría y rieguen tanta sequedad de pensamiento, palabra y quizás omisión.

Mi cayado, Él
Mi fe, con Él y en Él