"Quisiera saber llorar como un niño para sentirme mejor hombre"
"Vivo para creer; creo para vivir"

sábado, 17 de marzo de 2018

Gusanitos




Un día ventoso, desapacible; un domingo que invitaba más a zapatillas y caldos que a salidas más allá de un pan para comer.

Pero la devoción más que obligación, llevó mis pasos hacia donde repican las campanas de once en una torre con reloj de doce y cuarto.

Distinto banco, mismas caras, músicas y ornamentos.

Un hueco vacío a mi lado; nadie lo ocupaba. De repente, unos pantalones largos, unos zapatos negros, un abrigo gris y poco más de un metro de niñez de moreno cabello, se sentaron a mi lado.

Un chaval, un niño de blanca tez y mirada serena que portaba entre sus manos una colorida bolsa de salados gusanitos del que todos alguna vez nos hemos embadurnado labios y sonrisas.

Sus manos no se separaron de la bolsa ni un momento; era un tesoro a guardar esperando la ocasión para ser devorados.

Impropia quietud, tranquilidad, educación y saber estar en un niño de tan corta edad que me sorprendió con oraciones, golpes de pecho y respuestas que sabía cuál experto de almas mirando al cielo.

Admito que en esa ceremonia, yo jugué más que escuché; pensé más que atendí y me admiré más que sentí.

Porque ese niño en un momento especial, se arrodilló a mi lado, escondió la cabeza entre sus hombros y se mantuvo quieto, muy quieto como si el tiempo se hubiera detenido en él.

Instantánea de una escena que me admiró profundamente; una imagen de inocencia, de silencio interior, de un niño que sólo separó una de sus manos de su tesoro más preciado, para apretar la mía en una paz que para mí y para todos quisiera conservar siempre.

Marchó por donde vino; sin nadie que le esperara alrededor y dejó a un tipo como yo unos minutos dando gracias a  un cielo que vino a verme con sabor a gusanitos.


*Quiero dedicar estas letras a otro pequeño niño y su familia que horas más tarde atravesaron el corazón de muchas personas que no podemos comprender la maldad del ser humano.

A Gabriel y tantos otros ángeles que hoy y para siempre comerán gusanitos  sabor a Gloria.   

domingo, 11 de marzo de 2018

Una gracia y dos tostadas



Dos sillas, una mesa, una mujer joven y un hombre de cincuenta y pico primaveras con sus inviernos.

El lugar, un bar; el motivo, un encuentro necesario.

Dos cafés en día frío y dos tostadas untadas de mantequilla, melocotón y franquezas.

Era necesario que ese hombre y esa mujer por fin, después de tantos años mantuvieran una conversación en busca de consejo, comprensión y sinceridad mutuos.

No es buen año para ella; tampoco para él. Nubarrones cargados de precipitaciones amenazan con descargar torrentes de palabras, obras y omisiones.

Él la escucha; ella medita, explica y abre el tarro de las esencias de quien ha madurado una personalidad que quizás ya tenía y nadie acertó a descubrir.

Recorren juntos acontecimientos, situaciones, proyectos y acciones futuras con el único fin de encontrar sentido entre tanto sinsentido.

Y llegado a un punto, esa mujer mira con hermosos ojos llorosos a ese hombre pronunciando una frase enmarcada en verdadera sabiduría y sentido espiritual.

“Estoy recibiendo más gracias, que desgracias”

No hay nada más complejo que aprender de los reveses; no hay nada más maduro y profundo que sentirse agraciado entre tanta desgracia y mirar futuros de esperanza y paz interior. Lo vivido, vivido está; lo sentido, sentido estará; pero lo que quizás resulta más difícil de aunar, es fe con contrariedad y paz entre tanto interrogante.

Pero para eso están las conversaciones solitarias con Quien nunca nos deja solos y acaba siendo el mejor consejero que nadie pueda buscar y tener.

Ese hombre, se sorprendió de una madurez que no descubrió hasta ahora en quien un día le arropó con humor de niñez.

Es bueno dar gracias y las da y aún mejor encontrar gracias en desgracias en un día cualquiera en cualquier bar y con una mujer extraordinaria que sigue dándole aún más sentido a esta vida de fe que le ha tocado vivir con sabor a dulce de melocotón.

A ella, a Él, gracias.



viernes, 2 de marzo de 2018

Es la hora



Muy  de madrugada  ya,  recorría  las  calles  de  mi  ciudad  destino  a  casa.

Una lluvia  pertinaz  caía  inmisericorde  dejando  atrás  un  reguero  de  olor  a  limpio  y un  aspecto  de  barrido  de  inmundicias  en  sus  suelos.

Las  rejillas  de  alcantarillado  recibían  con  sus  boquillas  abiertas  todo  lo  que pequeños  ríos  de  corriente  continua  arrastraban  hacia  ellas. Pequeños  y  no  tan  pequeños  charcos  se  fueron  formando  alfombrando  mis pasos  hacia  el  calor  de  una  cama.

Pero  esta  vez,  no  sentí  deseos  de  calzar  botas  de  agua  y  jugar  a  pisarlos  cual niño  que  siempre  soy  y  que  la otra noche  no  quise  ser. Porque  esa noche  descubrí  al  fin  lo  que  llevo  tiempo  guardando  o  más  bien reteniendo  en  cuerpo  y  alma  y  que  gritándome  me  dijo  claramente: “Es  la  hora”

La  hora  de  actuar;  de  dejar  de  ser  un  objeto  pasivo  y  entrar  en  plena  acción buscando  simple  y  llanamente  algo  tan  fácil  y  a  la  vez  tan  difícil  como  es descubrir  verdades  entre  tantas  mentiras  encubiertas.

No voy  solo  ni  mucho  menos.  Me  acompaña  el  de  siempre.  Aquel  que  sabe poner  palabras  en  palabrotas,  calmas  en  tempestades,  pero  también  firmeza en  tibiezas  que  enmascaran  la  realidad.

Voy  a  poner  patas  arriba  la  sinceridad  de  algunas  personas  aunque  ello  me cueste  la  perplejidad  y  negación  de  unos  ojos  al  frente. Voy  a  romper  el  frasco  de  las  ponzoñas  o  al  menos,  poder  alejarlo  lo suficiente  para  que  sus  efluvios  no  me  afecten  ni  afecten  a  los  míos  que  al  fin y  al  cabo  es  lo  único  que  debería  importarme  a  estas  y  a  todas  las  alturas.

Intentaré  descubrir  a  quien  quizás  sin  malas  voluntades  ataca  líneas  de flotación  en  personas  sensibles  que  nunca  debiera  haberse  atrevido  por  su condición  de  jugador  con  ventaja. Y no quiero  tener  compasión  esta  vez  ni  tan  siquiera  de  mí  mismo.

El  silencio  fue  consejero  temporal,  pero  ahora  es  la  hora  de  hablar  aunque con  ello  vea  más  espaldas  que  personas  de  frente.

Mis  armas  son  simples,  pero  muy  poderosas.  Mi  fe  es  mi  muralla;  mi conciencia,  mi  General;  mi  Espíritu  Santo,  mi  brazo  ejecutor.

 Y Éste  sí  es  Quien  me  habla  y  me  hace  actuar  así  y  no  falsos  profetas  que disfrazados  de  bondades,  sapiencias  y  consejos  con  cargas  de  profundidad, minan  el  corazón  de  buenas  personas  sin  medir  las  consecuencias  drásticas de  sus  actos  con  el  único  fin  de  captar  su  atención  y  lo  que  es  más  grave,  sus pensamientos  y  sus  futuros. Avisados  quedan.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Arena en los zapatos



Llegó la hora de iniciar viaje, travesía y reto. Es hora de calzar zapatos, apretar cordones, dientes y espíritu para marchar hacia uno mismo.

No será fácil el camino; el sol abrasador, la sequedad en la piel, el silencio del alma, serán acompañantes no deseados, pero necesarios hacia un destino incierto.

Marcho con decisión y esperanza; también con frialdad y ardiente desazón.

No es el mejor momento, pero quizás por ello lo afronte con la fuerza que me da el saber que todo tiempo de tormentas lleva aparejado su esplendor final.

En estos momentos, no soy nada, soy nadie. Y ese nadie inicia su caminar por un desierto en el que buscaré respuestas, comprensiones, plegarias y certezas a todo aquello que ahora nubla mis sentidos.

Quiero dejar atrás muchas cosas: quiero dejar unas lágrimas inconsolables; unas interrogaciones sin despejar; un muro donde sólo rebotaron las palabras; una frialdad de oficina en los ojos del amigo.

Buscaré desatar manos que me impiden abrazar a corazones ciegos en una ceguera que no ven; pasados en clave de sonrisa que ahora pintan en muecas futuros en común.

Todo eso pasó y en un cajón con la llave puesta deben quedar.

Pero ahora, no; con el agua en cantimplora y el maná que me quiera dar Dios, me dispongo a cruzar el desierto que me espera.

Un desierto en el que mis huellas permanezcan imborrables en la arena del olvido. Sí, ese olvido de tristezas, dolores y malsanas manecillas de reloj. El reloj que inexorable paró el tiempo para dejarlo en imperfecto estado de confusión de almas y cuerpo.

Voy en busca de rescate, de nuevas sensaciones que sin conducirme a oasis reconfortantes, sí me lleven a una paz interior que ahora desconozco y ansío en mí y los míos.

Quizás me equivoque y no sea la hora del reproche, pero sí de la firmeza.

La hora del desplante a todo aquel o aquello que atenace la bondad que en mí quisiera. Cerrar oídos a la tentación de sucumbir a lo que no debo hacer, pensar o ser.

Y es la hora, sobre todo, de arropar un corazón herido; un corazón puro sin alardes de grandeza que sólo la encuentra en Quien siempre le escribirá una carta indicándole el camino.

No habrá nunca mejor palabra de ánimo que la de Aquel que siempre habla en el silencio de su interior.

Principalmente a ella, ofrezco este viaje hacia un yo que ahora no soy con mi deseo de cuarenta días que me conduzcan al frescor de una arena de mar que alivie este otro mar de arena que ahora baña mis pies.

No será fácil, ni Dios permita que lo sea; pero sólo espero que los ojos a encontrar al otro lado de este desierto, se llenen de lágrimas de alegría y rieguen tanta sequedad de pensamiento, palabra y quizás omisión.

Mi cayado, Él
Mi fe, con Él y en Él


lunes, 25 de diciembre de 2017

Habitación 335



En uno de esos momentos de autoestima por los suelos; cuando los pilares de mi fe parecían sufrir los vaivenes del pesimismo; cuando alcanzando la cima de la euforia espiritual no he sabido frenar la caída desde tan alto, siempre el Señor, siempre Él, acude en mi ayuda.

No merezco su mirada y la tengo; no hice méritos de premio y fui premiado.

Un mensaje, una invitación me llevó un día como hoy a la habitación 335 de un hospital cualquiera.

En esa habitación, una mujer débil en cuerpo, pero infatigable en alma, me recibió con sus grandes ojos de siempre y su sonrisa con sabor a sinceridad.

Seis personas y un solo Dios fuimos testigos del mayor y más grande misterio que el Creador ha dado al hombre y dará.

La entrega, el sacrificio, el mayor de los amores que nunca hubo ni habrá, se hizo presente en medio de esas cuatro paredes.

No habrá para mí un altar tan pequeño que contenga una fe tan grande.

No existirá recuerdo de una celebración tan especial como la que he vivido hoy. Desde la humildad, la mayor de las grandezas.

Notar el calor de una mano amiga que aprieta la mía mientras los presentes rezamos esa oración de un Padre que hoy fue más Nuestro que nunca.

Comer Su Carne, beber Su Sangre, fue un acto hermoso, íntimo; un acto que me llevó en segundos a otros tiempos, a otras gentes que asombradas y en una intimidad como la de hoy, compartieron ese mismo pan con Quien estando presente, eternamente nos acompaña desde entonces.

Dicen que los caminos del Señor son inescrutables; hoy al menos, no lo fueron para mí.

Hoy sentí más que nunca que Dios pone en mi camino ángeles sin alas; ángeles que con su dolor, con su enfermedad, con su lucha, con su cariño, con su amistad, arropan mi fe y me protegen de mis miserias.

Yo hoy he tocado, he sentido un pedacito de Cielo.

Y aunque todo esto pueda sonar a un hermoso cuento de Navidad, creo que lo mejor de él es que no lo es.

Mañana será otro día, pero el de hoy, no quiero que acabe nunca.



Dedicado a Laura; esa amiga, ese ángel sin alas que quiso que yo estuviera allí. Tu lucha es nuestra fuerza. Tu fe es la mía.


miércoles, 20 de diciembre de 2017

Resaca



Por exceso de cañas, licores o mal empleo de la fe en Dios, uno puede acabar siendo pasto del día, mes o tiempo siguiente sufriendo una terrible resaca espiritual.

Después de un bestial ascenso del alma sin tocar cielos, creo que estoy padeciendo una caída en picado sin arnés de seguridad.

Bajón físico, moral y lo más grave, bajón en forma de una de esas crisis de fe que nunca pensé padecer.

No hallo un oasis en el desierto en el que me encuentro.

No percibo el abrazo de la fe.

La desgana, la apatía, la desilusión, la falta de positivismo, puede que sean claros síntomas de que estoy sufriendo una pájara de Espíritu que en mí ha dejado de ser Santo últimamente.

Me encuentro solo sin estarlo.

Me sentí muy solo en una lejana iglesia de un barrio bien. Sin amigos, sin compañeros, sin hermanos.

Y no debiera ser excusa, pero lo es.

Estoy con la familia sin ser familiar.

Estoy con los amigos, pero sin la alegría de quien quiere dar a cambio de nada.

Veo, pero no escucho. Escucho, pero no veo.

Lo negro, me domina; lo negativo, me atrapa.

Miro al frente y a escasos tres metros, no Te veo; no Te rezo, no Te escucho, no Te siento.

Estoy vacío, muy vacío. No sé si marchaste, o marché. Si fui débil y me dejé atrapar por nuestro enemigo común en una red de la que me costará salir.

Bonitos tiempos para un cristiano elegí para caer; pero soy humano, soy débil, soy miserable y no soy nada sin Ti.

Pido perdones por adelantado, pero confieso que son de boca estrecha. Ya quisiera yo que fueran perdones de corazón desbocado, pero no lo son.

¡Ayúdame! Por mí y por todos mis compañeros.

Sé que Tus tiempos no son los míos, pero también sé que no me abandonarás en este desierto que quizás yo mismo forjé; pero como escuché por ahí…

“Date prisa en socorrerme”


sábado, 25 de noviembre de 2017

Golpe bajo



Me siento un pequeño hombre acurrucado en un rincón entre muchedumbre que escucha a otro hombre que sin ser mayor, sí es más grande.

Su habla le delata como francés y necesita de acompañante que le traduzca.

Casi no fue necesaria su traducción, porque este hombre no habló con la palabra; lo hizo con el sentimiento de quien se vio sorprendido primero por la maldad de lo humano y después por la grandeza de lo divino.

Un hombre que buscó en lejanas tierras su propio destino para bien de su alma y ayuda al prójimo.

Buscó silencios y encontró muerte; buscó esperanza y halló desesperación; buscó una paz en guerra y descubrió una guerra en paz. Quiso ser libre y encontró la mordaza del fanático que no ve más allá de su locura. 

Ojos de odio lo miraron y media sonrisa devolvió. Golpe a golpe lo trataron; "cuenta a cuenta", se curó.

Vivió día a día pensando que sería el último. Puede que así fuera, pero también pensó que podría ser el primero de una eternidad.

Pasaron los días y el odio de su carcelero y torturador se convirtieron primero en un silencio, después en una mirada y por último en un ¿necesitas algo? 

Ese día, ese hombre, supo más que nunca que en la soledad de una celda, nunca estuvo más y mejor acompañado. Llegó a pensar y decir que nunca encontró una libertad interior mayor que cuando estuvo preso, porque no necesitaba nada. 

Me impactó, lo admito. Y aún más lo hizo cuando quiso compartir íntimamente con los cientos de oídos atentos que le escuchábamos, aquello que cantó, rezó y fue su mejor compañera en los peores momentos de soledad y sufrimiento. 

Una oración, una canción que yo infravaloré tantas y tantas veces de repetitivos ensayos en ese coro que yo un día abandoné. 

Quise cantar con él y no pude. De mi garganta sólo podían salir notas de un pentagrama anegado de lágrimas.

Fue un golpe bajo señor Mourad; fue un golpe bendita y gloriosamente bajo, Señor.






G R A C I A S








 * Dedicado al Padre Jacques Mourad, secuestrado durante tres meses por DAESH en Siria. Gracias por compartir su experiencia con gentes que algún día quisiéramos llegar a ser como usted aunque para ello nos aguarda un larguísimo camino por recorrer.

* Dedicado también a todos aquellos (cristianos o no) perseguidos, maltratados y asesinados por el fanatismo ciego.

* Y por último, dedicado a ese Dios, mi Dios que me empuja de vez en cuando a reaccionar con golpes bajos que me hacen tanto bien.



domingo, 15 de octubre de 2017

Monumental


Visitar una ciudad como Toledo, es un regalo a los sentidos. Empaparse de su historia, sus calles y sus monumentos emblemáticos, es un ejercicio de reflexión con siglos de vida.

Calles empinadas, sudor en la frente, cansancio en las piernas, no son obstáculos para quien sepa apreciar lo hermoso de un lugar con olor añejo de otros tiempos lejanos en el recuerdo, pero muy presentes en el corazón de la grandeza de una cultura que debe perpetuarse en generaciones pasadas, presentes y futuras.

Mis pies traspasaron el umbral de una pequeña capilla casi escondida dentro de la majestuosidad de una catedral revestida de grandeza.

Una celebración eucarística que no por inusual, llamó mi atención en un reconocimiento que iba más allá de un acto afortunadamente habitual en mí.

La espiritualidad del momento, el silencio acordado de antemano, se vieron desbordados por la figura de un hombre cansado.

Un hombre ornamentado con ropajes obligatorios de quien por oficio debía presidir una liturgia siempre conocida y a la vez diferente para quien asiste a ella con hambre de paz espiritual.

Un hombre de pasos muy cortos, inseguro en sus movimientos, pero de férrea voluntad de servicio a los demás.

De voz engalanada de suspiros; de gestos imperfectos y movimientos a cámara lenta.

Su homilía, fue tan sincera como inexistente. Sólo unas palabras encerrando un gran discurso:

“La mejor homilía que puedo ofrecerles es que hoy me pueda encontrar ante ustedes”

Gran verdad para quien pareciera necesitar más una cama en descanso que una obligación del alma.


No pudo extenderse más allá de la propia celebración. Marchó por donde vino; en solitario, sus torpes pasos le llevaron a perderse por el interior de la historia, dejando atrás a un tipo como yo que además de a Dios, se llevó de allí el reconocimiento y la gratitud hacia un hombre al que seguramente jamás vuelva a ver, pero que me hizo sentir que la grandeza de una persona se mide también por la monumentalidad de sus actos.


sábado, 7 de octubre de 2017

A ras de suelo




Busqué un lugar donde llorar como un niño para sentirme mejor hombre.

Busqué un lugar, donde enterrar lo peor de mí abriendo alma, corazón y sentimiento.

Y lo encontré. Y al encontrarlo, me encontré también conmigo mismo. Con ese otro yo que no sabía, o no quería que existiera.

Un tipo imperfecto como el que más; desmadejado en pensamiento y obra; acelerado en conclusiones, crítica y orgullos.

Uno que pensó que era y no era así. Uno de tantos, que de poco hacía mucho sin darse cuenta que para ser algo, debía comenzar por ser nada.

Me dejé llevar. Ver, oír y sentir, fueron los verbos que me acompañaron y deseo me acompañen siempre.

He visto, oído y sentido, en apenas cuarenta y ocho horas, asombros escondidos, palabras en torrente, pañuelos enjugando miserias, abrazos en brazos de grandes hombres fundidos en ojos sinceros.

Hombres de grandes cumbres venidos a ras de suelo. Hombres que siendo grandes, ahora lo son aún más siendo pequeños.

Hoy, quien me conoce, sabe que mi fachada no cambió; pero mi mirada sí.

Una mirada con ojos de comprensión, de respeto, de sinceridad, de tristezas decoradas de alegría, de iras en calma y soledades tumultuosas.

Busqué un lugar donde llorar como un niño para sentirme mejor hombre…

… y lloré



INVOCACIÓN AL ESPÍRITU SANTO

Oh Espíritu Santo, Amor del Padre y del Hijo.
Inspírame siempre lo que debo pensar,
lo que debo decir, cómo debo hacerlo,
lo que debo callar, cómo debo actuar,
lo que debo hacer, para la Gloria de Dios,
bien de las almas y mi propia santificación.

Espíritu Santo, dame agudeza para entender,
capacidad para retener,
método y facultad para aprender, 
sutileza para interpretar,
gracia y eficacia para hablar.
Dame acierto al empezar,
dirección al progresar
y perfección al acabar.

Amén

miércoles, 16 de agosto de 2017

Mar en calma



Me dejo llevar por la corriente para acabar en un mar en calma. El balanceo de las pequeñas olas me acomoda en un colchón de agua mansa que me hace ver un cielo azul sin nubes amenazantes.
 
Es la paz en soledad o la soledad en paz. Un pequeño viento y poco más.
Ese es mi estado espiritual actual. Diríase que es un estado deseable para todo cristiano; pero después de tres meses sin aparecer por aquí; de tres meses dejándome llevar por esa corriente del conformismo en el que me he lanzado sin salvavidas, es hora de decir alto y claro…
¡¡¡BASTA!!!
¿Este es el creyente que quiero ser? ¿Aquel que se acomoda en las costumbres de una vida mediocre, de oraciones, presignaciones y meditaciones sin meditar?
¡¡¡NO!!!
Es hora de volver a las andadas; de pelear y defenderme de mí mismo a la hora de mantenerme vigilante ante las acechanzas del demonio llamado pereza.
Es hora de quitarle las baterías al autómata de espíritu en el que me estoy convirtiendo.
Es hora de escuchar campanas sin campanario; oler inciensos sin olfato y leer con ojos de corazón lo que los oculares sólo se atreven a seguir en orden.
No puedo permitir visitar capillas sin ver a Dios, sin pedir, sin escuchar, sin sentir.
Sin forzar, me dejaré llevar, guiar y aconsejar nuevamente por Quien siempre está y no siempre descubro.
Mi mayor sacrificio, debe ser nuevamente el realizarlos. Sólo así, mente y cuerpo seguirán siendo dos en uno y lo que ahora es un mar, podrá volver a ser un alma en calma.


viernes, 5 de mayo de 2017

Un nuevo inquilino

Alguien llamó a mi puerta, abrí y al verlo supe que venía para quedarse.

De lejanas tierras se presentó inesperadamente sabiendo que al otro lado de esa puerta lo recibirían con los brazos tan abiertos como él.

Primero se abrió paso la perplejidad, luego vinieron el asombro, la esperanza, la admiración y el sentimiento de que quien vino era algo más que un simple amigo.

Porque esa amistad se forjó con voluntad de hierro; se forjó en las manos artesanas de quien deja volar imaginación, arte y una chispa de fe.

Y no hay palabras que puedan expresar tanto agradecimiento al artista y amigo, ni tanto amor, fe y confianza en un Inquilino que vino a mí para no marcharse jamás.




Oración

Señor, ayúdame a seguir por esas vías que te forjaron para no perder nunca el rumbo que nos lleve a mí y los míos hacia Ti.


P.D. Con mi mayor agradecimiento a Marcos Pérez Díaz, amigo y artista, por hacer de mi casa una familia con Uno más.


jueves, 27 de abril de 2017

Emaús

De todos es conocido el relato evangélico de los discípulos de Emaús.

De la forma en la que estos dos discípulos tuvieron la suerte de encontrarse con un Jesús resucitado aunque no llegaran a descubrirlo hasta que no partió el pan con ellos.

Yo he vivido una experiencia igual con una pequeña pero significativa diferencia: supe ver en el acto la presencia del Señor en otro señor que para más alegría y orgullo resulta ser un amigo.

Andaba yo cabizbajo, en modo de piloto automático que pasa por la vida sin excesiva alegría. Una de esas pequeñas crisis de identidad positiva que aunque corta en el tiempo porque no superó más allá de ocho días, sí que minó ánimo, fe y esperanza.

Ese subidón positivo durante meses anteriores en los que el hecho de ayudar a los demás o al menos intentarlo, sin morir en el intento, me hicieron un hombre de sonrisa sincera, dio paso en pocos días a un cierto modo de tristón y aletargado individuo de risa y rictus forzado.

Ese individuo idéntico a mí, pero sin mí,  se dirigió taciturno el pasado lunes al templo de siempre, a la misma hora y sonando las mismas campanas llamando a celebración vespertina.

Sentado en un banco esperando el inicio de una misa más, se acercó a mí un hombre delgado de pálida expresión que en voz baja y sentándose a mi lado me preguntó:

¿Te ha pasado algo que llevo varios días sin verte?

Ese hombre, es un amigo; ese hombre es un señor que con un simple gesto de esa amistad verdadera que echa de menos al otro, se preocupó por mí y por lo que me pudiera haber ocurrido.

No hizo falta que me preguntara más y una vez le respondí que “nada en concreto”, marchó por donde vino dejando en ese banco solitario a otro que ya no era ese hombre taciturno en el que me había convertido, sino a otro que volvía a ser yo mismo.

Será otra de esas “casualidades” que vivimos los que tenemos la suerte de tener fe en la FE.

El caso es que yo andaba por la vida caminando como uno de esos discípulos de Emaús, al que se le acercó un Señor vestido de amigo para preguntarle qué ocurría y preocupándose sinceramente por mí y mis circunstancias.

Y así, por arte de fe, amistad y cariño donde antes se dibujaban lúgubres presagios, pesimistas futuros y conciencias intranquilas, retomaba mi mente ese otro tipo que busca consuelo, apoyo y alegrías en Quien siempre aún sin necesidad de mostrarse más, sé positivamente que está.

El hecho de levantarme, recorrer un pasillo y que me ofrecieran el pan de la Eucaristía, fue algo a añadir a lo que yo ya sabía:

Mi vida, en cierto modo, también había resucitado.