"Quisiera saber llorar como un niño para sentirme mejor hombre"
"Vivo para creer; creo para vivir"

lunes, 15 de julio de 2019

Un vaso nuevo

Ciertamente echaba de menos alguna que otra de esas “Diosidades” que no hace mucho me dejaban perplejo con sus señales inequívocas.

Acudir a un banco de iglesia diferente, de estrecha madera, endeble sujeción y reclinatorio no apto para pieles delicadas, no es problema alguno cuando lo que se busca es lo perdido.

Degustar no sólo el Pan con mayúscula sino también la Palabra escuchada, es manjar al alcance de quien no perdió el hambre, pero sí las ganas.

Acudir con tiempo, una costumbre; meditar en silencio, una obligación.

A mi derecha, me acompaña una gruesa encuadernación de mil cantos de iglesia. Me llama la atención y decido abrir por cualquier página.

¿Conoceré su composición? ¿Sonará en mi mente música amiga?

Pues no; pero sus letras me confunden primero, me golpean después y me dibujan media mueca de sonrisa.

Dan en el clavo; letras que hablan de renovación, de un alfarero, de un vaso nuevo.

Justamente lo que necesito; renovarme por dentro para poder brillar por fuera; modelar y recomponer la arcilla de mi alma adormecida. Todo eso necesito y más.

Quedarme con la copla de sus letras fue fácil a ojos vista de un click de cámara. Tiempo habría de buscar sus músicas.

Comienza la liturgia y se escuchan esas otras Letras escritas en papel sagrado. Un evangelio que nos habla de un herido, un sacerdote, un levita y un buen samaritano. Una homilía certera; una explicación perfecta y esta vez la “bofetada” cariñosa la recibo con toda su crudeza y esplendor.

¿Actuaron mal ese sacerdote y ese levita al pasar de largo del herido en tierra?

No; actuaron conforme a la ley de entonces para no quedar impuros con su sangre y heridas.

Con esa explicación mi mente regresó de aquel entonces de hace más de dos mil años, al mundo actual. A mi mundo de hoy.

No hay heridos en tierra ni sangre vertida; pero sí que existen personas heridas en su orgullo, heridas en su alma, golpeadas en su fe en quien más debían buscar consuelo y no hallaron.

Los sacerdotes de entonces, siguen cumpliendo la ley hoy y aquí. Asépticos en su modo de actuar, se limitan a cubrir expedientes sin más comas ni puntos y seguidos que añadir al trabajo encomendado.

No ir más allá como hace muy poco recomendaba el propio Papa, hace de su labor un vaso viejo de caras jóvenes que conocen leyes pero no conocen personas heridas que buscando sanadores de almas, sólo encuentran a quien simplemente extiende sus recetas.

Así puedo entender aptitudes teológicas pero no las actitudes humanas de quienes deberían ser pastores, consejeros y si me apuran, incluso amigos.

Y me duele, aunque ahora lo entiendo. No me percaté antes y aunque no comparta pensamientos, seguiré rezando por quienes sólo ven asépticas leyes donde yo quisiera ver un corazón latiendo.

Sin acritud hacia nadie; entendiendo sin compartir, compartiendo sin entender, mientras un hermoso canto suena…





domingo, 23 de junio de 2019

Sabático



Suena a ricos sin serlo; puede parecer pretencioso sin pretenderlo; incluso sonará a descabellado sin más, pero sinceramente llegado el punto en el que se debe elegir, opto por esta opción.

La fe para mí, no es un trabajo aunque en ocasiones sea trabajosa. La fe (y hablo siempre a nivel personal), es un sentimiento. La tengo, o no la tengo; la siento, o no la siento.

Podré tener mil altibajos; mis días gloriosos y aquellos otros de solitario desierto; pero la fe, mi fe, sigue ahí inquebrantable gracias Al de siempre.

No obstante, eso no significa que como humano que soy, como pecador entre pecadores, sea un perfecto cristiano. Y como tal, también tengo mis debilidades, mis defectos y mis contrasentidos. Quizás entre todos ellos aunque habrá quien piense que no lo es, me ronda siempre por la cabeza que la rutina no debe ser buena nunca. Que hacer muchas repeticiones de algo, acabará siempre en un automatismo del que huyo y más en la fe en este caso en mi entorno parroquial.

Quien me conoce, independientemente de si me aprecia o no, podrá decir muchas cosas de mí; pero si alguien dijera que no me he involucrado en mi parroquia y sus parroquianos, mentiría como un bellaco.

En mi interior desde hace ya algún tiempo, viene anidando un sentimiento de hastío que ha asentado sus bases en mi conciencia y es ahora cuando ésta me obliga a actuar.

Cuando uno no se siente parroquiano en su parroquia; cuando uno no se siente alegremente llamado por campanas y los miércoles no dejan de ser un día más entre semana, es que algo no marcha. Cuando uno además se siente oveja sin pastor, es hora de buscar nuevos prados.

Cuando veo en la gente corriente (por ser la que corrientemente veo en los dominios de alta torre) más espaldas que frontales, es hora de apartarse y buscar otros caminos.

A la misma hora, en el mismo lugar, con los mismos protagonistas, bostezos y naturalidades que hace tiempo se perdieron, es tener un encuentro con la mediocridad de una vida sin más. Ir por ir, perder el humor que siempre existió, cerrar oídos voluntariamente a sapiencias extremas de libros leídos y sentimientos no hallados, no es un buen camino cristiano ni una forma para mí de vivir la fe, mi fe, con alegría. Aparentar lo que uno no siente es para mí falsedad y nada más alejado de mí que serlo.

Alrededor de una mesa, comenzó una hermosa historia que ahora doy por cerrada; será un buen recuerdo de lo que fue y ya no es. Miércoles de cansancios pero de alegrías por encuentros, rezos de un rosario o simplemente de mantel, viandas y risas quedarán atrás sin acritud, pero con la firmeza de una decisión que creo es la mejor para mí y mis alrededores.

Es hora de cerrar círculo con los míos; es hora de mirar más de puertas para adentro, es hora de regresar al encuentro de la Palabra en lugares en los que más que ver u oír, pueda llegar a sentir y escuchar lo que siempre sentí al sentarme en un banco de cualquier lugar con olor a incienso.

No padezco envidias, ni creo que mi pecado se traduzca en orgullos sin fundamento; simple y llanamente, me cansé de falsedades; me cansé de buenas palabras de diccionario, me cansé de gentes que sonríen como hienas amigables. Me cansé de la rutina.

Dineros no tengo, pero soy millonario en intenciones y miradas al cielo buscando una respuesta que siempre suelo encontrar. Y como millonario que soy, voy a permitirme el gran lujo de hacer de mi capa un sayo, de mis ideas intenciones y de los míos lo más y mejor.

El tiempo de este estado sabático, sólo Dios lo sabrá y sólo Él hará que eche o no de menos lo que ahora alejo de mí.

La gente que aprecio, me aprecia y extiende su cariño real y no ficticio a los que conmigo viven y por los que vivo, sabrán de mí como siempre y pueden estar seguros que no me tendrán lejos en pensamiento, palabra, obra y sin omisión.

Hasta más ver  

miércoles, 29 de mayo de 2019

El silencio de los corderos



Un rebaño, unos pastores, mil silencios. Así en tres palabras con su correspondiente artículo se podría resumir un sentimiento que va calando hondo y que va dejando posos insanos de lo que pensaba sería y mucho me temo que nunca llegará a ser.

La Iglesia es madre; sus Ministros, padres. ¿Cómo entonces no siento el abrazo, la preocupación, el refugio, el consuelo y la alegría de sentirme protegido y cuidado por mis padres espirituales?
Es una percepción muy personal, pero que perfectamente creo compatible con mi entorno más cercano; familia, amigos, gente joven, gente que ya no lo es tanto… Gente en definitiva a los que escucho y con los que comparto o no pensamientos, ideas u opiniones.
Hablar a la cara y a las claras, en un confesionario, en la terraza de un bar, en la calle o entre cuatro paredes de alturas catedralicias o de habitación de reunión monda y lironda, me ha llevado, no sin meditación y maceración de años, a percatarme de algo que ciertamente me confunde, preocupa y en cierto modo, asusta.
Soy un privilegiado y siempre que mis neuronas me lo permitan, no me cansaré de decirlo. A nivel personal, familiar o de mi entorno más habitual, sería de miserable quejarme.
Añadamos a esto que mi fe en Dios, mientras Dios quiera, creo que es y espero que sea siempre, inquebrantable.
Pero mi fe en el hombre en general y en los hombres de Dios y su entorno en particular, desgraciadamente, viene padeciendo de temblores que a modo de réplicas, pudieran parecerse a terremotos aunque éstos afortunadamente aún no hayan hecho acto de presencia.
No voy a generalizar, pero sí que cuando la probabilidad se acerca al cien por cien de los protagonistas de negras vestimentas que conozco y me conocen, debería de considerar una pandemia que en mi entorno parroquial se extiende más allá de sus muros.
Ya no me valen las excusas habituales ni vendas en ojos propios y ajenos con consabidos “estarán muy ocupados” “pobrecitos” “no dan abasto” “menudo papelón tienen”.
Y digo esto porque aunque sea cierto, que no lo discuto, tampoco creo que sea menos cierto el hecho de que la vocación de un pastor hacia las ovejas de su rebaño, entiendo que debería llevarle a una cercanía personal que no se percibe. Pero cercanía de la de verdad; cercanía en lo bueno de la vida y mayor cercanía aún en los momentos ingratos que a todos nos toca vivir.
Uno puede trabajar y codearse asépticamente con sus compañeros, jefes, o conocidos o por el contrario, puede hacer llevadero ese trabajo con dosis de humanidad; pero de la humanidad que se preocupa sinceramente del prójimo como bien común y propio.
Cubrir expedientes, está bien; dar imagen de simpatía, profundidad o cánticos gloriosos de buena voz, genial.
Pero sentir un feligrés, una oveja descarriada o no, un simple parroquiano, el latido revestido de cierta comprensiva amistad en su pastor, debe ser otro nivel.
Y ese nivel se me hace muy lejano por no decir desaparecido, o inesperado.
El propio Papa Francisco en la homilía de la última Misa Crismal, instaba a los sacerdotes a ser cercanos a la gente como evangelizadores que son.
Como cristiano que soy, católico practicante que me considero y observador por naturaleza que como gracia o cruz la vida y Dios me dieron, debía reflexionar sobre todo esto.
Seguramente, no sería entendido por aquellos mismos que habitualmente comparten su mismo PAN conmigo. Y si lo hago, precisamente es porque me duele allá en lo hondo, en lo escondido, que voces implorantes pidiendo consejo espiritual, consejo de hermano en la fe, o simple consejo de prójimo respetado y querido, se encuentren con el vacío de la pasividad o indolencia de aquel de quien esperan una mirada acompañada de palabras cargadas de apoyo, consejo o simple compañía sincera.
Y lo digo con conocimiento de causa por familiares de piel con piel, de rabiosa juventud que siendo fieles comienzan a no entender actitudes. Lo digo además por quien buscando un consejero espiritual acabó hallando una quimera o simple humo; y lo digo también por amigos en dificultades que esperando, se cansaron de esperar.
Se me podrá reprochar por quien no me conozca realmente, que no debería hablar con duras palabras hacia quien me trata bien o muy bien según se mire o quien lo mire. Pero si lo hago, precisamente es por aprecio hacia esas personas. Si lo hago también quizás sea por aquello de la corrección fraterna que como cristianos y hermanos deberíamos poner más en práctica todos. Y cuando digo todos, es todos.
Desde el más culto entre los cultos, al más humilde o ignorante entre los mismos.
No puedo consentir escuchar de jóvenes “me están obligando a buscar otra parroquia donde vivir la fe”.
No puedo consentir vivir una fe anquilosada en un simple transcurrir de días de Misa y mantel.
Soy un rebelde sin causa aparente, pero un rebelde inconformista que quiere luchar para que el silencio de los pastores, no acompañe al silencio de los corderos.

miércoles, 24 de abril de 2019

Media vuelta


Un Señor dio media vuelta en la noche cerrada mojada en lluvia. La ilusión era grande, pero la vista al frente se perdió en lo que pudo haber sido y no fue.
Días de ensayo; días de hombro con hombro y pies izquierdos iniciando marcha, para acabar regresando por sus propios pasos dieciocho hombres de fe que vieron frustrado el esfuerzo, empeño y esperanza en un camino de catorce estaciones que se quedó solamente en tres.
Fueron simplemente tres, pero como buen perfume, dejaron su esencia en mí.
El roce de la madera en mi cara; el peso en hombro derecho y el oído atento a las órdenes, no eran nada comparado a ese cielo en lo alto.
Mirar al crucificado, su melena y cuerpo tallado; su silencio roto sólo por el crepitar de una lluvia que vertía sus aguas cada vez con mayor intensidad, me transportó a otro lugar, a otra vida.
Me vi a los pies de otra cruz llena de muerte y Gloria; de ira y Esperanza; de castigo y Salvación.
Sin velo rasgado en ningún Templo, pero con el alma a años luz de donde mis pies se asentaban.
Tuve tiempo de hablarle a Él llamándole Padre mío, Padre nuestro; incluso me dirigí a la Llena de Gracia. Y a punto estuve de glorificar a las Tres Personas, cuando una voz sonó fuerte y bajó de golpe el telón de mis ensoñaciones.
¡Abortamos!, gritó alguien.
¿Abortamos? pensé yo, no sin ese humor repentino que a ráfagas me sacude. Porque hablar de aborto entre cristianos en una celebración tan especial, sonaba a cierto humor inglés de la parte baja de la Gran Bretaña.
El caso es que me vi empujado por mí y por todos mis compañeros en una media vuelta sin ápice de elegancia buscando el refugio de la Catedral que nos vio salir.
No puedo hablar de frustración; no puedo pensar en malas suertes, ni en rabias contenidas por misión incumplida.
Hablaré de voluntad. De la voluntad de unos hombres que sin poder, quisieron y de Aquel del que siempre proclamaremos “Hágase Su voluntad”.


P.D. Dedicado a todos los que participaron de una u otra forma en un Via Crucis que una pertinaz lluvia frustró, pero que la fe nos hará celebrar siempre.



miércoles, 3 de abril de 2019

Una estación, una caída, una mirada



La impaciencia, me atrapa; la necesidad, me corroe.

Tuvieron que sucederse días y semanas para encontrar nuevamente un remanso de meditación y presencia real.

Una noche más, en el Santísimo cara a cara con Él; pero no una noche como tantas últimamente.

A mi mente, vino una escena; a mis ojos unas letras, una historia, un relato escrito en hojas blancas.

Un Vía Crucis con antigüedad de un año y realizado, meditado y expuesto por una juventud italiana que contentó a Papa, clero y feligreses en un lugar llamado Roma en la Semana Santa del pasado año.

Lo leí con atención, lo sentí con devoción y me detuve en una de sus estaciones con parada y estancia larga.

Novena estación, decía hablando de una tercera caída del Señor.

Mi mente divagó, mi pensamiento viajó a una calle polvorienta, adornada con gritos y negras almas vociferantes.

Un Hombre herido, maltratado, vejado, cae al suelo y yo con Él.

Ambos mordimos el polvo; ambos nos miramos; frente a mí, una cara ensangrentada, irreconocible por los golpes certeros y unos ojos cargados de un extraño sufrimiento. Unos ojos agónicos iluminados por el color de la esperanza y el perdón. Frente a ellos, un tipo que cayó en la cuenta de un error; caído bajo el peso de su orgullo y el desamparo de sus actos. Un tipo de estupidez inconsciente, de manos inútiles a la hora de ofrecerse como debiera al prójimo por su intolerante tolerancia. Un tipo que quiere y no puede, que puede y en muchas ocasiones no quiere.

Un tipo que necesitaría aprender a caer como un niño para levantarse como un hombre nuevo, distinto, mejor.

Hacerlo con la piel herida, los rasguños y el alma en carne viva; un tipo que quisiera poder encontrar siempre Tu Santo Rostro en cada una de sus caídas y que mirándote escuchara de Tus ojos:

“Levantémonos juntos y sigamos nuestro camino a la Gloria”

jueves, 14 de febrero de 2019

Hombre menguante



Quisiera ser pequeño para alcanzar lo Grande; tan pequeño como un hombrecillo que pudiera colarse por la última rendija que quedara justo antes de que el sacerdote cerrara bajo llave un sagrario.

Colarme y sentir Tu cercanía y Tu luz en la oscuridad de un lugar tan pequeño.

Dialogar, abrazar, sentir, pedir, rezar, cantar, llorar, reír, morir, vivir…

Unas horas de bendita celda en la que dejar encerradas a perpetuidad mis imperfecciones, mis pecados, mis incongruencias, malos genios, falta de amor al próximo y prójimo, la cara oculta de mi alma.

Purgar heridas, malos pensamientos, juicios sin juicio, críticas, nubes negras y desiertos con tormenta de arena.

Todo eso dejaría en el silencio de un sagrario, en el que entrara a hurtadillas.

¿Y todo para qué?

Para que al escuchar el sonido de una cerradura que se abre, asomara un hombre nuevo; un hombre de traje a estreno, pies descalzos y manos desnudas.

Un hombre que viera reflejado en los demás un atisbo de la Gloria que le acompañó durante horas.      

Un hombre menguante que creciera al ritmo de una fe verdadera con Él, en Él y por Él.


jueves, 17 de enero de 2019

Esa imagen

Hoy sí que podemos decir que acabó; pasó la Navidad; guirnaldas, luces y turrones quedaron atrás en el calendario.

Cada uno la vive con mayor o menor intensidad, fe o costumbre; pero siempre quedará grabada la imagen de un detalle, un encuentro, unas palabras o un ambiente que hace de esos días algo inexplicablemente anormal en la conducta o el brillo en los ojos de la gente.

Inexplicable para muchos, pero no para mí. Mi fe me instruye, mi fe me guía y da respuesta a muchas preguntas.

Ese Niño que nace todos los años, se encuentra siempre presente para toda persona que realmente lo quiera buscar.

Yo lo encontré en una imagen; una imagen como todas, sin palabras; pero una imagen que dice y vale más que un millón de letras con sentido.

Serenidad, dulzura, quietud, paz, futuro, lucha, amor…

No hay mayor regalo que la mirada de un niño;  no existe nada más grande en este mundo que la inocencia de quien nació del amor de una pareja.

La vida puede ser dura, puede ser ingrata; pero dentro de sus adversidades, también nos regala una gran enseñanza. Y yo he aprendido a ver la Navidad en los ojos de un niño; en una preciosa cara de quien con su mirada nos inflama el corazón sólo de grandes y buenas cosas.

No se puede decir más con menos; nada como esos ojos, esa media sonrisa, esa imagen angelical.

Ahí he visto la cara de ese otro Niño que espero y deseo siempre nazca en nosotros.








*Dedicado al pequeño Alex, Dylan, Patricia y David con todo mi cariño.   

martes, 20 de noviembre de 2018

Un redoble de tambor

Desde pequeños, un redoble de tambor nos hacía pensar en algo que estaba a punto de suceder. Una cierta tensión en el ambiente cuando el trapecista, el mago, o simplemente la persona que hacía intento de algo extraordinario se disponía a culminar su propósito.

Hoy es un día de vísperas; un día de nervios ajenos, de incertidumbres en el ambiente y sobre todo de inquietud en dos personas muy queridas para mí.

Dos amigos, hombre y mujer, separados por los suficientes años de existencia como para no coincidir en demasiadas cosas que les pudiera unir.

Pero existen nexos comunes y uno en especial que ni el más potente de los disolventes pudiera destruir: su fe.

Ambos han padecido en sus carnes el mal del siglo presente y pudiéramos decir que también del pasado. Hablar de cáncer, es hablar de miedos y techos que se nos caen encima.

Han pasado por mil y una vicisitudes; mil y una pruebas, molestias, dolores, insomnios, soledades y quizás lo peor, incomprensiones.
Pero ambos coinciden en algo; esto que les ha sucedido no lo cambiarían por nada.

¿Están locos?

No.

¿Son felices?

Sin alcanzar a ver sus procesiones interiores, creo que sí.

¿Les ha servido de algo tanto sufrimiento?

Pienso sin duda, que así es. No todo el mundo es capaz de ver a Dios en pequeños detalles entre batas blancas, jeringuillas y pruebas diagnósticas y sentirse acompañados aún en la soledad de una habitación por todas las personas que a kilómetros de allí tenían un pensamiento, una plegaria u oración por ellos.

Hoy el tambor que anuncia algo, comienza a redoblar a la espera de unos resultados que confirmen que la tranquilidad que alcanzaron, puede seguir durmiendo hasta una próxima ocasión.

Nadie escapa al nerviosismo que en estas horas previas pueda acechar a estas dos personas, estos dos amigos.

En la distancia, quienes les apreciamos, también sentimos una cierta inquietud; nadie puede predecir un qué, cómo, ni cuándo; pero nos distingue algo muy necesario en estos casos: la unión en la oración.

No existe mayor ni mejor hermanamiento entre cristianos que la oración compartida; pero no una oración de costumbre arraigada sino aquella otra que usa más la patata que hace pom pom y menos el insípido cerebro que también todos llevamos dentro.

Es el momento ahora de llevar a la práctica todo esto y esperar con ellos lo que un papel con título de diagnóstico les diga.

¿Los resultados?

Yo los tengo clarísimos. Sólo Dios sabe de antemano lo que dirán; pero si de algo estoy seguro es de que el platillo al final de ese redoble, siempre sonará en un enorme abrazo para ambos.



* Dedicado a Laura y Ricardo; dos espejos en los que mirarme.



viernes, 2 de noviembre de 2018

El mal tiene dos caras

Hay que ser muy valiente para hacer lo que una mujer hizo. Perdonar, no es fácil; hacerlo en público, aún menos.
Unos lo llamarán instinto; otros, locura; yo le llamo valentía y fe en Quien merece tenerla.

Fue y en cierto modo sigue siendo grande el daño hecho a una familia por quien debiera ser ejemplo de todo lo contrario a lo que sus actos provocaron.
Esconderse bajo sonrisas, bondades presupuestas, buenos rollos y colegueos de hombre joven, no debiera ser el modus operandi de un mal disfrazado de hipocresía.
Y digo y le llamo “mal”, porque fue un mal el que pasó al lado de esa mujer mientras ésta guardaba silencio en oraciones hacia un Señor expuesto.
Mil imágenes, lágrimas y hechos contrastados vinieron a su mente y revolvieron aquello que en lo oscuro del corazón aún está sin depurar y revuelve tripas y recuerdos de unos tiempos cercanos que quisiera ella y quisiéramos algunos alejar a la velocidad de la mayor de las tempestades.
Pero una voz, Esa Voz que quien tiene verdadera fe lleva dentro, le dijo:
“Detente, piensa y perdona”
Y así lo hizo; en un arrebato de valentía, determinación y bondad se levantó, dio unos pasos y se dirigió directa a un micrófono que esperaba a toda persona que quisiera testimoniar en público una lección.
Esta mujer nos aleccionó, sí. Lo hizo mirando directamente a los ojos del mal y pronunciando sólo palabras de reconciliación y perdón.
¿Qué recibió a cambio?
La cobardía de quien aparta la mirada; el silencio del traidor; la soledad de quien estando acompañado vaga por desiertos por los que solo los miserables saben caminar.
Aunque pudiera parecer lo contrario, no me mueve el odio en mis palabras; me mueve la justicia de quien quiere ser justo; me mueve mi aversión total al hipócrita, al cobarde, al fariseo, al Judas, que osa abrazar a puñaladas en nombre de Cristo y vistiendo sotanas.
Ni tan siquiera me mueve que esa mujer que habló fuera la mía. Me mueve el simple y grave hecho de que esa maldad con sus dos caras de miserable y cobarde, vista ropajes de quien debiera caminar por sendas de santidad.
En su pecado, llevará su penitencia y en nuestros corazones se mezclarán para siempre el perdón, la justicia y el olvido.

lunes, 8 de octubre de 2018

Una bala en la recámara


Nombrar balas cuando de fe se habla, pudiera parecer un contrasentido; pero no lo es. Me inspira un hombre, un amigo, un hermano en la fe.
Una persona por la que siento profundo respeto y cariño. Una de esas personas que no sabes a ciencia cierta si la encontraste en el camino, o simplemente Dios la puso en tu vida.
Un señor en todos los sentidos de la palabra que dentro de un aspecto de pistolero que no perdona, lleva escondida una cartuchera repleta de alma y corazón de oro.
Mil batallas ha bregado. La última, frente a un enemigo que quiso vivir en su garganta sin pagar alquiler. Contra él luchó, sufrió y ganó. Tuvo que dejar en el camino notas altas, malos humos y quizás muchas cervezas, pero pudo salir victorioso.
La fe fue su mejor arma; la paciencia, su mejor virtud.
Si de amigos hablo, debo hablar de él porque es amigo quien te busca con la mirada y te da la paz a distancia; quien sonríe tus risas y se ahoga con tus lágrimas; quien te escucha más que oye mirándote a los ojos; quien confía en mí más que yo mismo; quien reza por mí y los míos como si fueran suyos; ese es mi amigo el pistolero.
A ese pistolero le reclama ahora un nuevo matón que llegó a la ciudad y se ha escondido en los bajos fondos de su pulmón. Agazapado, ha sido descubierto y comienza la batalla, el duelo, la lucha.
Otra guerra, otro enemigo a batir, otra fe y fortaleza puestos a prueba.
Y ese hombre, me sigue dando lecciones de vida, lecciones de fe. Porque como siempre y mirándome a los ojos, me dijo no hace mucho:
No me asusta la enfermedad, el dolor, las pruebas; lo que realmente me asusta es que llegue a tener un bajón de fe”
¿Qué pude decirle entonces? Nada.
Las palabras que me faltaron y las circunstancias de más gentes que aparecieron en escena, me impidieron hablarle aunque fuera con los ojos.
Pero habrá más momentos, más ocasiones en las que dialogar y convencerle que jamás podrá ocurrir tal cosa porque esa guardia, esa fortaleza, ese don que sólo unos pocos como él tienen, se verán reforzados por algo que todo buen pistolero suele llevar: una bala en la recámara.
Y esa bala seremos todos los que de un modo u otro sentimos su lucha, sentimos su amistad, sentimos su fe.


* Con todo mi apoyo, cariño y amistad al pistolero de esta historia


viernes, 21 de septiembre de 2018

A mi lado se sentó

Por inesperada, la fe me abofeteó a dos manos.

Un miércoles como otros, pero no un miércoles cualquiera; uno de esos días en los que los pies te llevan mientras pensamientos, ilusiones y ganas se quedaron en el lado derecho del sofá de siempre.
Tocaba reunión de hermanos de Emaús; mismo lugar, misma misa de ocho, mismas caras y habitual celebración en orden y mecánica.
Pero esta vez, el caminante, el presunto hombre de fe, la persona que ilusionada arrodillaba alma, corazón y propósitos, no aparecía por ningún lado.
En uno de los últimos bancos, el de siempre, esta vez no era yo quien sentó cuerpo y mente, no. En su lugar, un tipo cabizbajo; un tipo lleno de revueltas internas sin poder ser sofocadas; un tipo inmerso en una rutina que le oprimía el cuello. Otra persona ocupaba su lugar llena de malos augurios, futuros bañados en ocres colores y desganas en álbumes coleccionables.
¿Hermano yo? ¿Caminante yo? ¿Servidor yo?
¿De quién? ¿Por qué? ¿Para qué?
Demasiadas preguntas sin respuesta.
La desilusión miraba al frente oyendo sin escuchar sagradas palabras. La celebración se adornó de tedio, de guion previsto, de micrófonos rallados en palabras ya repetidas.
Tenía dos opciones: continuar con esa farsa de mí mismo en la que me había convertido allí entonces, o marchar a la carrera buscando burladeros conocidos.
Y ocurrió. Cuando a lo lejos el eco me devolvió aquel “podéis ir en paz” con su pareja de baile  “demos gracias a Dios”, ese Dios, se acercó a mí.
Al principio, sólo escuché un fuerte y conocido “amigo”…
No miré al principio, no; yo ya sabía quién era; pero esta vez, no pensé igual.
Esbocé sonrisa y giré cabeza a mi derecha, con un ánimo y pulgares hacia arriba desconocidos hasta ese momento.
Al hacerlo, me encontré las desgreñadas canas de siempre ocultando en gran parte un rostro de piel arrugada; una boca desdentada de labios agrietados; unos andares torpes arrastrando un cuerpo agarrotado por avatares de una vida que seguramente, no mereció o no supo vivir.
Una mujer a la que muchas veces repudié. La misma mujer que siempre me estorbó; la pedigüeña que cansaba sin cansarse de pedir; la “mala compañía” que nunca quise tener y con la que más de una vez jugué al escondite para no encontrarnos.
Esa mujer se me acercó y la invité a sentarse a mi lado; su primera frase, no podía ser otra: “dame algo pa un café”.
Y la segunda, la encerró entre interrogantes: ¿dónde está tu mujer?
“Ha conseguido un trabajo y está ahora trabajando”, le contesté.
En ese instante, el tiempo, se paró; el lugar ya no era el mismo y sólo pude ver a Dios mirándome directamente. Porque esos ojos, sus ojos, eran de color alegría; de una alegría indescriptible, sincera, humilde, una mirada de Amor que ni yo como esposo, ni unas hijas, ni el mejor de los amigos seguramente regalaron a quien se encontraba en ese momento a kilómetros de allí al enterarse de tan buena nueva.
Yo, que tantas veces desvié la suya, no pude esta vez apartarme de sus ojos.
Vi un pasado del que me arrepiento enormemente; vi un presente que me llenó de paz y vi un futuro al que espero nunca dar la espalda.
Antes de marcharse, me dejó una petición:
“Dile a tu mujer que me gustaría verla y ese día os invito a un café”
Lo pensó un segundo y añadió…
“Claro, si tengo dinero para invitaros…”
Marchó por donde vino dejando en ese banco a un guiñapo más que a un hombre. Un guiñapo al que con todo el amor del mundo, le “partieron la cara” con una lección de lo que debo ser y no soy.
Miré al frente cuando comenzaba a asomar un Señor expuesto en el interior de una custodia, aunque nadie podrá cambiar mi opinión si digo que ese mismo Señor acababa de marcharse de mi lado.

*Dedicado a esa mujer que me sonrió con su mirada, con todo mi agradecimiento, cariño y arrepentimiento sincero por no demostrarle nunca lo que pretendo ser y por obligarme a tener una reunión larga conmigo mismo.