Más de sesenta
días después y con miles de almas que dejaron de vivir en esta tierra, el
pasado regresó buscando futuros.
No cambió lo
que los ojos ven; las columnas continúan como siempre apuntalando cielos y
plegarias; las imágenes siguen fijamente la mirada de quien las quiera ver y
hasta el altar y las velas alumbran al son que los mortales queramos tocar, ver
o escuchar.
Pero las
personas, quizás no todas, quizás solo aquella que siempre me acompaña y nunca
conoceré aunque tenga mi mismo nombre, fisonomía y años, sí puede que haya cambiado;
quizás haya cambiado máscara por mascarilla; buenos deseos, por deseos sin más;
oraciones buscando hermanos por verdaderos hermanos encontrados en la oración;
misas de siete por siete en misa.
Quién sabe
sino Él en qué hemos cambiado en estos días. Me acerqué a preguntar, a
preguntarme; me acerqué a reencontrarme con altos techos, con bancos vacíos,
con luces tenues y cantos de quien nunca deja de cantar.
Y también
quise, pude y me atreví a pedir perdones a sabiendas de que quien aguardaba el
encuentro era alguien más allá de una cara conocida que ya también exculpó mis errores
la última vez que mi conciencia me empujó a hacerlo.
No debiera
elegir, pero lo hago y quiero pensar que no fue casualidad reencontrarme con el
mismo sacerdote con el que compartí secretos confesables, lágrimas y cierta charla
con olor a despedida en aquella última confesión antes de la debacle que nos ha
envuelto y aún nos sigue persiguiendo.
Lo demás
siendo esperado, me sorprendió. No di paces ni miradas; ni tan siquiera conté o
canté. Me vi caminando por el mismo pasillo de otros tiempos en cuyo término,
no me fijé en quien me ofrecía el pan, sino que sólo acerté a ver ese pan que
tanto hacía no llenaba mi alma. Descubrí en ese momento lo que la tela cubría y
me llené de paz cuando el Señor rozó la boca que tantas veces me contuve de
abrir o me obligaron a tener cerrada.
Regresé a mi
asiento; hinqué rodillas y escondí la cara entre las manos; necesitaba aislarme
conmigo, con Él y en Él.
Lo que pensé,
sentí, agradecí o deseé, permanece guardado en el rincón de los grandes
momentos reservados a mí mismo.
No sé si en un
futuro cercano el lugar será el mismo; si las circunstancias serán iguales, las
caras serán conocidas o mis intenciones irán más allá de lo que simplemente
pido, pero siempre me quedará el regusto de rebobinar hacia algún tiempo que
siendo pasado, siempre fue de lo mejor.